Skip to content

[Podcast]: María McFarland y el oficio de narrar el heroísmo en medio del horror de la guerra

El libro de María McFarland, Aquí no hay muertos, levantó ampolla en Colombia. Pero la historia que cuenta merece trascender el simple escándalo.

Del libro de la investigadora María McFarland, There Are No Dead Here: a Story of Murder and Denial in Colombia, tuvimos noticias muy a la colombiana. Semanas antes de su lanzamiento en Estados Unidos, el periodista Daniel Coronell reveló en su columna de la revista Semana unos correos que McFarland se había cruzado con Diego Fernando Murillo, alias ‘Don Berna’, en los que éste señalaba al expresidente Álvaro Uribe de haber tenido injerencia en la muerte de Pedro Juan Moreno en un helicóptero en 2006.

La columna de Coronell puso el libro de McFarland en el radar del público colombiano. Pero por otro lado también generó que la atención de buena parte de la prensa nacional se centrara en la versión del extraditado paramilitar  sobre la muerte de Pedro Juan Moreno, pese a que en el libro aquel episodio era una asunto incidental del cual apenas se hacía una breve alusión en sus páginas finales.

El grueso de There Are No Dead Here, por el contrario, trata de las historias de tres personas. Ellos son Iván Velásquez, Ricardo Calderón y Jesús María Valle: un juez, un periodista y un defensor de derechos humanos. A pesar de su variedad de oficios, en el relato de Mcfarland los tres comparten un vínculo claro: cada uno de ellos, desde su orilla,  contribuyó a documentar y denunciar diversas expresiones de la violencia paramilitar en Colombia. Esa labor de registro y denuncia, lejos de haber sido una tarea aséptica, se constituyó en los tres casos en un compromiso muy vital con la verdad  y con la justicia. Los tres sacrificaron -en mayor o menor medida- vidas apacibles, soportaron hostigamientos y amenazas, y, en el caso de Valle, le significó su propia muerte.

Esos dos elementos, paramilitarismo y heroísmo, constituyen la médula del relato de McFarland. La autora encadena las vidas de estos tres personajes y las utiliza para relatar capítulos importantes de la violencia paramilitar de los últimos 25 años. Pero por el elenco que escoge para hacer su recorrido, lo que destaca en There Are No Dead Here no es tanto el horror de los villanos sino el coraje que exhibieron algunas personas para resistir a esa violencia.

Conversé con María McFarland hace unos días sobre su libro. La entrevista la encuentran acá:

La siguiente es una versión editada y condensada de la entrevista.

¿Qué análisis haces de la manera en que en Colombia se empezó a hablar de tu libro?

Yo no siento que sea tan problemático que la atención inicial haya sido por el tema de Don Berna, porque es un tema importante y obviamente siempre supe que iba a llamar la atención. Pero a la vez quise usar la oportunidad para llamar la atención sobre los otros temas del libro que abordé en el libro y quizás no son noticia de la misma manera, pero tocan una realidad un poco más profunda de Colombia.

¿Cómo nace tu relación con Colombia? Entiendo que empezaste trabajando con Human Rights Watch (HRW)…

Yo soy y me crié en el Perú, me mudé a Estados Unidos a los 20 años y estudié derecho allá, pero siempre me quedé con ganas de trabajar temas de derechos humanos en América Latina. Me crié durante la época de Sendero Luminoso y el gobierno de Fujimori, un gobierno que no fue democrático. Cuando tuve la oportunidad de trabajar el tema de Colombia para Human Rights Watch me pareció fascinante el país.  Lo cubrí entre 2004 y 2010 y cambió mi vida.

Había conocido muchos temas parecidos en mi país, pero en Colombia prácticamente todo el mundo ha sido tocado de alguna forma por el conflicto armado. Esas huellas de la violencia, de conflicto, de corrupción, son muy marcadas y se encuentran por todos lados. Eso es diferente de lo que yo había vivido en el Perú. Además, tener la experiencia de hablar con personas que habían sobrevivido a masacres, que habían visto cómo sus parientes habían sido asesinados, torturados, descuartizados; poder hablar con ese tipo de personas que fueron víctimas y escuchar sus historias, y a la vez conversar con personas en los más altos niveles de la política, fue terrible, pero también una tremenda educación para mí.

Yo me siento emocionalmente muy vinculada con Colombia y me siento muy orgullosa del trabajo que hice, pero sobre todo de las relaciones que pude establecer con personas que me impresionaron mucho. Muchas personas muy valientes y profundamente decentes.

Al comienzo de tu libro dices que cuando llegaste a Colombia tenías el prejuicio de que la realidad colombiana debía ser muy similar a la peruana, pero que poco a poco esa idea fue cambiando. ¿Cómo fue ese proceso?

Yo creo que las cosas cambiaron bastante rápido para mí, pues el conflicto se sentía en todas partes en Colombia. En la época de Sendero Luminoso en Perú el conflicto no nos afectaba de forma íntima. Ponían bombas en Lima y había ese temor, pero no porque tu vecino o tu primo hubieran sido afectados de una forma u otra. En cambio, en Colombia parecía que casi todas las personas con las que me encontraba habían sobrevivido a algo o tenían parientes asesinados o secuestrados.

Por otro lado, durante el tiempo que yo viví en Colombia se descubrió la parapolítica. Ver cómo los paramilitares habían manejado regiones enteras del país, establecido ese control tan extremo y saber que eso sucedió en grandes ciudades, es muy diferente de lo que yo vi en el Perú.

Cuando estabas haciendo ese trabajo en Colombia, ¿ya sabías que querías escribir el libro o fue algo más espontáneo? ¿Cuándo surge esa decisión de contar todas estas historias?

El interés por escribir un libro surge después de terminar el trabajo en Colombia. Yo en el 2009 ya estaba empezando a sentir que tenía que cambiar, hacer otras cosas, no seguir eternamente trabajando Colombia como investigadora.

Yo sentí una responsabilidad hacia el final de mi trabajo porque sentía que las historias que yo estaba documentando, si yo no lo contaba, nadie más lo iba a hacer. Por eso empecé a tomar más riesgos y a hacer cosas más difíciles. Al final eso no fue muy bueno para mi salud. De hecho, tomé algunas decisiones que quizás no eran las mejores para mi seguridad.

¿En qué sentido estabas entrando en campos más difíciles?

Por ejemplo, cuando estuve en Tumaco hubo una masacre en un pueblo cercano y fui al cementerio. Los cuerpos estaban afuera en bolsas de plástico, no había nadie cuidándolos, las personas de la comunidad estaban viendo todo y me molesté mucho. Me indignó que la policía dejara esos cadáveres ahí y se rompiera la cadena de custodia. Yo no sé si fue la mejor decisión para mí, pero me quejé con la policía y la respuesta de ellos fue: ‘¿Quién eres tú? ¿Eres de las FARC?’.

Yo habría podido documentarlo simplemente, pero me indigné tanto que tuve que expresar lo que pensaba. Hubo varios momentos así. En algún momento uno se pone a pensar que quizás está haciendo cosas que no son las mejores decisiones para la salud y seguridad propia. Hay una carga, un trauma secundario que empezó a afectarme, por lo que entendí que necesitaba un cambio y tomé otro trabajo.

Aún así, me quedé con las ganas de hablar sobre Colombia. Yo había estado escribiendo informes de derechos humanos, que son informes muy secos, y quería contar la historia de una forma que revelara el contexto, que explicara un poco más de dónde venían esas personas y qué es lo que habían vivido de una forma narrativa, como una crónica.

Sobre todo, me había quedado muy molesta por el hecho de que en Estados Unidos lo que se conocía de Colombia era Pablo Escobar y un poco de las FARC. Quería que se conociera lo que yo había visto y la Colombia de los años 2000, la historia del paramilitarismo que no se ha contado lo suficiente fuera del país.

Se me ocurrió empezar con un personaje que era Iván Velásquez, el magistrado auxiliar de la Corte Suprema de Justicia y quien era conocido como el magistrado estrella de la parapolítica. Yo había hablado bastante con él durante mis años allá y siempre me impresionó su decencia, su compromiso con su trabajo, a pesar de que había sido atacado muchísimo por el gobierno y los medios. Entonces dije: “Bueno, voy a escribir la historia de Iván Velásquez”.

¿Cómo fue ese contacto con Iván Velásquez durante los años en que él  estaba en el epicentro de la investigación de la parapolítica?

Yo hablé bastante con Iván durante ese tiempo. Lo conocí alrededor del 2007, cuando sus investigaciones empezaron a tener un impacto importante. En principio, el gobierno apoyó la investigaciones de la Corte Suprema, pero a medida que estas fueron involucrando a personas cercanas al gobierno, como el senador Álvaro Araujo, hermano de la Canciller de ese entonces, comenzaron las reacciones agresivas de parte del gobierno.

El presidente Álvaro Uribe empezó a atacar a la Corte y a hacer declaraciones muy duras. En ese momento se volvió importante rodear a la Corte y proteger las investigaciones de la presión política. Así fue como conocí a Iván Velásquez, y empezamos a reunirnos regularmente para ver qué estaba pasando y cómo podíamos apoyar las investigaciones desde Human Rights Watch.

Él es una persona muy seria y muy parca, no habla en detalle a menos que entre en confianza. Es un investigador muy ético, entonces no comparte detalles, pero tuvimos muchas conversaciones y poco a poco eso fue generando confianza. Para mí era muy impresionante que siempre que hablábamos sacaba su celular y le quitaba la batería. Seguramente sabía que lo estaban interceptando.

¿Qué te resultaba tan atractivo de la figura de Velásquez?

Es una historia de heroísmo y de mucho valor, eso la hace importante. Aunque en 2007 era riesgoso para los grupos paramilitares cometer un magnicidio, porque trataban de demostrar que estaban desmovilizándose, Iván Velásquez sabía muy bien de lo que podían hacer los paramilitares; él había sido fiscal en Antioquia a finales de los 90. Esa es una historia de heroísmo y para mí era importante que afuera del país se supiera que en Colombia había personas decentes luchando por la verdad y la justicia, no sólo narcotraficantes o víctimas.

Y es Iván Velásquez el que te lleva a la historia de Jesús María Valle…

Sí. En un momento me dio una copia de un discurso suyo que dio en Dubai en 2011 al recibir un premio de derechos humanos. En ese discurso citó a Gabriel García Márquez hablando sobre la historia de José Arcadio Segundo, personaje que vio la Masacre de las Bananeras y cuando regresó a Macondo le contó a la gente lo que había visto, pero ellas no le creían, le decían que en Macondo no había masacres desde el tiempo de su bisabuelo.

Iván, en el discurso, dice que quiere dedicar el premio a todas las personas que en Colombia han dicho la verdad y habían sido ignorados y, en particular, a un amigo que se llamaba Jesús María Valle que dijo la verdad sobre lo que pasaba con el paramilitarismo y fue asesinado por ello. Eso me pareció muy impactante. Yo ya conocía la historia de Jesús María Valle -es imposible ir a Medellín, trabajar en derechos humanos y conocerla–, pero yo no sabía que era amigo de Iván ni el impacto que la historia había dejado en Iván Velásquez.

Por ahí empecé a trabajar ese tema. Entonces, hablé con la familia de Valle, con muchas de las víctimas, sus colegas, amigos, personas en la gobernación de Antioquia que habían interactuado con él. Así empezó a surgir la historia conmovedora de un hombre que siempre había estado comprometido con los derechos humanos, que venía de Ituango, una parte rural, y que a fines de los 90 empezó a recibir noticias de la presencia paramilitar en su región. Eso fue cerca de 1996, cuando el paramilitarismo se estaba empezando a expandir por todo el país con las ACCU (Autodefensas Unidas de Córdoba y Urabá). Los militares en la región no estaban haciendo nada y Jesús María Valle empezó a quejarse, a escribir cartas a la Cuarta Brigada del Ejército.

Y va a la gobernación de Antioquia y en el libro cuentas cómo hay una falta de interés de la gobernación por escarbar y adoptar correctivos…

Más que una falta de interés. Según una persona que estuvo allí, cuando Valle le contó al gobernador Uribe sobre lo que pasaba en Ituango y cómo los militares no estaban respondiendo, él se levantó, agarró el teléfono y llamó al entonces comandante de la Cuarta Brigada, Manosalva, y le dijo: “El señor está aquí y está haciendo falsas acusaciones en contra del Ejército. Me parece que eso puede merecer una demanda por calumnia”.

Yo le pregunté sobre esto al ex presidente Uribe y nunca contestó a mis muchas solicitudes de reunión ni al cuestionario que le envié. Supuestamente, Valle también habló con Manosalva, quien se comprometió a visitar Ituango en una comitiva, pero a último minuto lo llamaron y le cancelaron diciéndole no había espacio para él en el helicóptero.

Cuando empiezas a descubrir la historia de Jesús María Valle, ¿notas que hay otra historia y se te amplía el foco de tu libro?

Sí, porque su historia es fuerte y ayuda a contar la del paramilitarismo, de cómo empezó a expandirse. Valle había tenido experiencias con estos grupos desde los ochenta, pues se convirtió en el líder del Comité Permanente de Derechos Humanos de Antioquia, después de que los paras mataran a los seis presidentes de ese comité en menos de seis meses. Entre ellos estaba Héctor Abad Gómez. A pesar de eso, Valle aceptó liderar el Comité, aunque sin el título de líder. En él trabajó con mujeres que también fueron muy valientes.

Entonces él sabía lo que era el paramilitarismo. Lo que pasó fue que a fines de los 90 se convirtió en algo sistemático y los grupos empezaron a juntarse. La ACCU comenzó su sistema de masacres en Urabá, en Ituango. Valle sabía y fue por eso que dio un discurso en el cual dice: “El meridiano de la violencia pasa por Antioquia, pero esto va a moverse por todo el país”. Tenía razón. Es por eso que al primer capítulo de mi libro lo titulo “El Profeta”. Él fue uno de los primeros en llamar la atención sobre lo que estaba sucediendo de una forma muy insistente, pero no le hicieron caso.

Hace un par de semanas la Corte Suprema de Justicia declaró el homicidio de Jesús María Valle como un crimen de lesa humanidad, junto con la masacre de El Aro. ¿Te haces ilusiones de que puedan resolverse los interrogantes pendientes sobre estos casos?

No pierdo la esperanza porque he visto a lo largo de años cómo sí se logran avances y empieza a salir la verdad, pero va a ser difícil. Hay demasiadas personas que tienen interés en encubrir los hechos y hay hechos difíciles de probar, teniendo en cuenta que hay testigos muertos y ha pasado el tiempo. No es algo tan sencillo, pero sí hay coraje y la voluntad de investigar se puede descubrir más de lo que ha salido.

¿Cómo lograste que Ricardo Calderón, el gran periodista en todo el capítulo de las chuzadas, te compartiera su historia? Calderón es un apóstol del anonimato periodístico, a duras penas se encuentran fotos de él en google.

A él no le interesa que se conozca nada de su vida, pero todo su trabajo es fascinante para mí. Yo lo conozco desde el 2004-2005, durante todo ese tiempo que cubrí Colombia yo hablaba regularmente con él por si tenía información interesante para mi trabajo y yo también le compartí información. Ricardo tuvo problemas de seguridad y yo desde HRW quería apoyarlo, pero él lograba conseguir su protección por otros lados, no quería gran cosa.

Yo creo que siempre sintió un fuerte apoyo viniendo de mí, además de un interés genuino por el trabajo y por la verdad. Además, él sabía que yo era responsable y que iba a manejar las cosas discretamente.

Desde un principio él no se entusiasmó porque yo quisiera incluir su historia en el libro, pero nos reuníamos constantemente para que me hablara de temas que él sabía. Así fue que empezó a explicarme y a contarme sus propias historias, no necesariamente para que las incluyera, sino para que yo las supiera. Eventualmente sintió que sí era importante que se conociera el papel que él había jugado, porque hay cosas que nunca llegaron a la Revista Semana, pero que sí están en este libro.

A Ricardo Calderón le pareció valioso que eso se conociera, además la historia de los escándalos del DAS se estaba perdiendo en la memoria histórica. Al final, me permitió contar todo esto, siempre y cuando yo chequeara con él qué cosas se podían decir, pues hay cosas que no aparecen en el libro.

El papel de las esposas me llama mucho la atención en tu libro.  Por ejemplo la historia de las amenazas que recibía la esposa de Iván Velásquez, pero que callaba para que él no se preocupara más.

Eso es impresionante. María Victoria (la esposa de Velásquez) tenía muy presente la importancia del trabajo que Iván estaba haciendo, ella tenía cierta responsabilidad de no impedir ese trabajo, y si eso implicaba callar algunas cosas, estaba dispuesta a hacerlo.

Es un personaje totalmente diferente a Iván, él es muy callado y ella es muy expresiva, divertida, extrovertida, así que me pareció importante incluirla y saber que las personas que reconocemos como héroes, casi siempre están apoyadas por una comunidad más amplia de la cual son parte y la familia es un aspecto de eso.

Una vez que tenías la información de tu libro, ¿qué tan fácil fue encadenar esos tres personajes en una misma trama?

Los tres se entrelazaron naturalmente. La historia de Valle se conecta con la de Iván, porque él era fiscal regional en Antioquia cuando mataron a Valle. Él asume como fiscal en octubre del 97, que es justo cuando sucede la masacre de El Aro y cuando matan a Valle, Iván ve el cuerpo de su amigo. Eso influye en las investigaciones del paramilitarismo que llevó a cabo la fiscalía. Además, yo creo que a Iván la muerte de Valle lo impacta y lo lleva a profundizar en este tema. Más adelante, la historia de Iván se entrelaza con la de Ricardo, porque cuando uno estaba descubriendo la parapolítica, el otro estaba descubriendo vínculos entre paramilitares y el DAS. Saca la historia entre 2004 y 2005, porque está visitando los campamentos de los paramilitares y se encuentra con miembros del DAS ahí. Entonces, por ahí empieza la historia. Luego, con las investigaciones de la parapolítica, el gobierno empieza a atacar a Iván Velásquez. Ricardo destapa la realidad detrás de eso, porque descubre cómo alias ‘Job’ (Antonio López) había estado entrando a la casa de Nariño y reuniéndose con personas cercanas al presidente que le estaban ofreciendo supuestas pruebas para vincular a Iván con algún tipo de delito.

¿Cómo ha sido la recepción en Estados Unidos de tu libro? Si pensamos en un país que está gobernado por Donald Trump, ¿hay interés en este tema?

Hay interés, sí, claro. Los eventos en los que se ha hablado del libro, han tenido buena presencia del público. No necesariamente porque la gente se preocupe por Colombia, sino porque es una historia a la vez aterradora e inspiradora. Yo creo que hay paralelos con lo que está pasando en Estados Unidos, porque acá están sucediendo cosas preocupantes con el gobierno actual y hay activistas, personas que quieren empujar por un cambio, porque se conozca la verdad, hacer justicia. Claro, los debates son distintos.

Yo creo que también a la gente le interesa conocer más detalles, porque muchas personas han visto la serie NARCOS de Netflix y eso ha producido un interés en saber qué pasó después. Yo quería entrar en ese espacio y creo que a la gente le llama mucho la atención.

Periodista y todero en @Lanoficcion. Vive entre Lima y Bogotá.

Deja un comentario