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[Podcast]: Tres apuntes y una entrevista con Martín Sivak

El padre de Martín Sivak se suicidó el día que se decretó la quiebra de su compañía. En su nuevo libro, Sivak dilucida las razones que propiciaron ese salto final. 

 

Martín Sivak supo desde muy joven que quería ser periodista. Con trece o catorce años, ya  acariciaba esa idea mientras leía los libros de Rodolfo Walsh, Rogelio García Lupo y Jorge Masetti, tres referentes de la no ficción argentina. Dos años más tarde, se inscribió en unos talleres para jóvenes reporteros que ofrecía la redacción del diario Página 12. Si es que alguna duda persistía para entonces, aquella experiencia le sirvió para afianzar su vocación.

Con la misma precocidad con la cual se decantó por el periodismo, Sivak (Buenos Aires, 1975) también recibió su primer encargo laboral. Fue más o menos en el año 94. Junto con unos amigos del taller de Página 12 había emprendido un viaje como mochilero por Suramérica. La meta inicial era subir hasta Machu Picchu, pero al llegar a La Paz tuvieron que alterar el itinerario cuando uno de los acompañantes cayó víctima de una apendicitis. Llevando varios días sin bañarse y obligados a estirar su escala en la capital boliviana más allá de lo previsto, comenzaron a recorrer sus calles tocando en las puertas de los diarios para ver si conseguían algún trabajo. De los tres primeros que probaron no sacaron nada. El cuarto, un periódico llamado Hoy, accedió a contratarlos como corresponsales en Argentina. Cien dólares por nota.

Podría decirse –casi sin exagerar–  que, después de esa corresponsalía granjeada con osadía, Martín Sivak nunca más abandonó Bolivia. Durante un periodo de más de veinte años ha convertido a ese país andino en uno de sus territorios periodísticos más recurrentes. Centenares de artículos y cuatro libros al respecto –incluida una formidable biografía de Evo Morales—  le han merecido con razón –aunque sin buscarlo– el mote de periodista experto en Bolivia.

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Además de Bolivia, otro denominador común en la obra de Sivak es el poder. Mientras muchos cronistas latinoamericanos tienden hacia los temas marginales, en busca de historias rocambolescas, Sivak es fiel heredero de la tradición de García Lupo en la Argentina: contar las cuitas de los que mandan y escudriñar en las intersecciones entre las élites políticas y económicas.

En algunas ocasiones, ese interés periodístico puede abocarlo a proyectos de magnitudes casi enciclopédicas. Por ejemplo, a inicios de la década de los dos mil se le ocurrió reconstruir la historia de Clarín, el principal grupo de medios en la Argentina. Según dice, el interrogante de cómo un diario llegó a ejercer tanta influencia sobre los destinos de un país le rondó por la cabeza durante mucho tiempo. Al fin, consiguió una beca doctoral y pudo pasar más de siete años dedicado full-time tratando de encontrar una respuesta. El resultado se publicó en dos tomos y le implicó revisar más de doscientos mil documentos –incluida la colección completa de Clarín—y entrevistar a más de 350 personas.

La coyuntura argentina se alineó para que la investigación de Sivak recibiera un empujón publicitario fortuito.  Una historia que en principio le interesaba a un puñado de estudiosos y entendidos, se convirtió en un tema de primer orden nacional por cuenta del fiero enfrentamiento entre Clarín y los Kirchner. Y los tomos de Sivak eran la fuente obligada para poner en contexto la rencilla.

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Hay algo atávico en el interés de Martín Sivak por el poder. Aquella conclusión emerge luego de la lectura de su más reciente libro, El salto de papá. Martín narra allí la historia del suicidio de su padre y el paulatino hundimiento que lo llevó a arrojarse al vacío desde un piso dieciséis. Pero el libro, aunque parte de una tragedia doméstica, evita ser encasillado como un testimonio sobre el duelo. Más bien, aprovecha aquella circunstancia como unas coordenadas de salida para tejer una semblanza íntima de un padre y un hombre que fue capaz de conciliar las contradicciones más ostensibles –presidente de un banco y militante comunista— y que sentía una fascinación por las intrigas y las pujas de poder que año más tarde heredaría uno de sus hijos.

El salto de papá, considerado uno de los libros del 2017 en Argentina y que alcanzó la quinta edición en tan sólo 70 días, fue presentado en la feria del libro de Bogotá. Aprovechamos la visita de Martín para hablar de ese libro y también sobre toda su carrera periodística.

La siguiente es una versión editada y abreviada de la entrevista en nuestro podcast.

Tú tienes dos tomos sobre la historia de Clarín, el principal grupo de medios en Argentina. ¿Por qué dedicarle una investigación tan extensa a la historia de un periódico?

Todos los libros que he escrito responden a obsesiones más bien de tipo irracional. Durante muchos años trabajé como periodista político en la Argentina y a mí siempre me llamó la atención el miedo a hablar sobre Clarín. Un tabú de la política argentina. Yo cubrí un conflicto gremial en Clarín en el 99, en donde me impresionaron dos cosas. La primera: Clarín había despedido a su comisión interna, había puesto la gendarmería para que los trabajadores despedidos no entraran. Y lo que me impresionó fue la soledad de esos trabajadores. Pocos meses antes, otro diario argentino había cerrado sus puertas y ahí  sí estuvieron apoyando los músicos, los referentes culturales, los políticos.

Entonces esa percepción, la de un diario que gobierna o que tiene gran influencia, me pareció un gran tema. Y esa idea del año 99 me daba vueltas por la cabeza hasta cuando conseguí la beca doctoral que me permitió durante ocho años dedicarme casi full-time a contar eso: ¿Cómo un diario modesto y frágil, lanzado en 1945, se convierte en el principal medio de Argentina y de América Latina? Me llevó muchísimo tiempo y me llevó también lo que creo que es fundamental para cualquier libro: que me importe mucho el tema.

Lo que yo pensaba que era un tema sin interés, se convirtió por el conflicto kirchnerismo-Clarín en un tema de la cotidianeidad. Eso también me obligó a enfatizar los matices, los balances, en donde más que repetir ciertas caricaturas a favor o en contra de Clarín, lo que hice fue contar la historia de un medio de comunicación y una historia política, social y cultural de la Argentina.

¿Cómo lograste entre la rigidez académica abrirle campo a un libro que busca cierta riqueza narrativa?

Intenté tomar lo mejor de los dos mundos. Un departamento de historia de universidad norteamericana es muy exigente desde el punto de vista de la metodología. Yo leí con un equipo día por día Clarín desde 1945 hasta el 2005. En total hemos revisamos más de doscientos mil documentos, nunca voy a repetir un trabajo así. No es que el doctorado me exigiera eso, sino que yo vi que era una oportunidad de aprender a trabajar con esa profundidad. Después eso debía traducirse en un texto para un público general, entonces los libros que se publicaron son un híbrido entre esos dos mundos: el mundo de la no ficción y el mundo de una tesis doctoral.

Aparte del estudio de Clarín, Bolivia es también otro de tus temas.

A Bolivia yo llegué medio por casualidad. Yo desde los doce o trece o catorce años quería ser periodista y mi primer trabajo fue como corresponsal de un diario boliviano en la Argentina.

¿Cómo llegaste a ese diario?

Yo hice el típico viaje del joven izquierdista porteño que es arrancar en Buenos Aires y subir por el norte argentino, pasar por Bolivia y llegar hasta Machu Picchu. Y cuando llegamos a La Paz, uno de mis amigos se enfermó. Imaginate: éramos mochileros, llevábamos varios días sin bañarnos, pero de caraduras íbamos a los diarios a decir: “¿Quién nos contrata como corresponsales?” Nos rechazaron tres diarios y el cuarto diario dijo: “Los tomamos. Cien dólares por nota, ustedes mandan artículos de Argentina sobre distintos temas”. Fue muy lindo porque justo cuando yo volví tocaban por primera vez los Rolling Stones en la Argentina entonces escribí sobre eso. Después había un tema, Lamento boliviano de los Enanitos Verdes, yo le habré hecho cuatro entrevistas a los Enanitos Verdes; entrevistaba a los futbolistas bolivianos en la Argentina.

Estaba muy entusiasmado con mi primer trabajo, pero el problema era que no me pagaban. Entonces al tercer mes hablo al director para quejarme y decirle: “Mire, yo soy el que usted contrató, no me están pagando”. Y él: “Le vamos a regularizar el pago, lo que le pido es que escriba una nota sobre el asesinato de mi padre. Mi padre fue asesinado en la Argentina en el año 76, se llamaba Juan José Torres y fue presidente de Bolivia”. Yo para entonces era muy lector de toda la tradición del periodismo latinoamericano de la década del setenta –Rodolfo Walsh, Rogelio García Lupo– , y de repente me cayó un tema del cielo y me involucré mucho.

Ese libro lo empecé a escribir cuando tenía diecinueve años y lo publiqué cuando tenía veintiuno. Era bastante chico. Lo que me generaba mucha adrenalina era que cuando yo avanzaba en la investigación sobre este libro, a quien yo acusaba de ordenar el asesinato de Torres era Hugo Banzer, el único dictador de la década del setenta en Bolivia que después se convierte en presidente constitucional en 1997. Y el libro se publicó la semana que Banzer asumió la presidencia. Entonces imagínate: un joven argentino de la nada acusa al presidente recién asumido de Bolivia de un crimen de Estado. Yo estaba sobrepasado por la situación.  Banzer en una conferencia de prensa que nunca voy a olvidar dijo: “El señor Zivak está perturbando el proceso democrático en Bolivia”.

Entonces, volviendo a las cosas irracionales de los temas que uno elige, yo de repente sin tener familia, sin haber nacido ni vivido en Bolivia, decidí escribir una biografía no autorizada de Banzer, que se publicó cuatro años después con el título El dictador elegido: biografía no autorizada de Hugo Vancer. De modo que medio sin querer me fui especializando en Bolivia. En ese contexto fue que en el año 95 conocí a Evo Morales.

Tu relación con Evo es bastante particular porque lo conoces en Argentina, pero mantienes una relación de varios años con él.

Por ahí va a sonar como el típico argentino pedante y vanidoso, pero mi relación de confianza con Evo se da en los diez años previos de su llegada a la presidencia. Él me veía como este argentino que escribía libros contra Banzer y se armó una relación de confianza y afinidad. Yo siempre me sentí una persona de izquierda  –en sentido genérico del término– y  siempre sentí una gran afinidad personal por las ideas de Evo de esos años. Evo, además, era uno de los grandes denunciadores de Banzer. Entonces entre el 95  –que fue la primera vez que lo entrevisté–  y el 2005 forjamos una relación de confianza. Y cuando ganó la presidencia le dije: “Quiero hacer un libro, pero no una biografía sino pasar tiempo con vos”.

Pero él te ofreció un cargo…

Evo era uno de los tantos bolivianos que no podían ir a los Estados Unidos. Ni siquiera pidió una visa porque sabía que se la iban a rechazar. Yo en el año 2002 estaba trabajando para un documental de la BBC y le dije a Evo: “Hagamos la entrevista en las puertas de la embajada de Estados Unidos”. Él aceptó. Era el año 2002, un Evo Morales muy precario (iba a quedar segundo en la elección presidencial de ese año).  Íbamos en el auto de Evo –que él mismo manejaba—junto a un documentalista de la BBC y entonces me dijo: “No tengo embajador en la Argentina, te necesito ahí”. Y yo: “Evo, la Constitución boliviana no lo permite”. Me respondió con una frase que me quedó rondando que es: “Hermanito, las reglas están para cambiarlas”. Nos reímos. Imagínate: el británico no podía creer eso y entonces dijo: “Yo también quiero una embajada”. No cuento eso en el libro  para darme importancia, sino para describir el nivel de precariedad en el que hacía política Evo.

¿Cuándo nace tu idea de escribir un libro sobre él?

Fue en ese documental. Cuando el documentalista vio toda esa situación me dijo: “Tienes que escribir el libro sobre este señor”. Era muy curioso para los ojos de un británico que alguien que estuvo cerca de ser presidente de un país en el 2002 manejara y al mismo tiempo diera una entrevista. Ahí lo empecé a pensar, lo tenía en agenda, y cuando Evo ganó la presidencia le dije: “Quiero hacer un libro, pero si me das acceso”. Me dijo: “Por supuesto”.

“Evo me dijo: ‘No tengo embajador en la Argentina, te necesito ahí’. Y yo: ‘Evo, la Constitución boliviana no lo permite’. Me respondió con una frase que me quedó rondando: ‘Hermanito, las reglas están para cambiarlas'”.

Lograste el sueño del cronista que es ser casi invisible. Estuviste hasta en reuniones con Gadafi.

Eso. En la reunión de Gadafi no era claro si yo era del servicio de inteligencia o qué cosa era. Ese viaje que hicimos desde Santa Cruz de la Sierra a Abuya en Nigeria éramos cinco en la avioneta e hizo muchas escalas. Hubo muchas situaciones como esa: reuniones de gabinete, encuentros con Chávez; a todo eso yo tuve acceso sin veto. En lo único que yo me autolimité fue con respecto a cuestiones de su vida íntima. Decidí que no iban a estar en el libro pues siempre he creído que hay que preservar la intimidad de las personas. Eso aplica a Evo Morales y a personas que no son de mi agrado.

Hay que tener en cuenta que ese libro es sobre el primer momento de la presidencia de Evo Morales, donde había un programa de reformas muy rupturista y había una épica del cambio muy fuerte. El libro (Jefazo: retrato íntimo de Evo Morales) se publicó originalmente en el 2008 y cuando en 2014 salió una edición actualizada empecé a matizar algunas cosas. Con el tiempo he ido escribiendo artículos más críticos, sobre todo en uno de los temas que para mí son centrales que es esta idea de la re reelección; la imposibilidad de Evo Morales de conseguir una sucesión y la idea de quedarse a como dé lugar. Es una de las cosas más problemáticas que yo veo.

¿Mantienes contacto con Evo?

Sí. En julio del 2017 hice un artículo para Crisis, una revista argentina.  Fui a Bolivia a pasar una semana y ahí pudimos conversar más. Mantengo el contacto, cuando va a la Argentina conversamos, pero digamos ya no con la idea de hacer una continuación de Jefazo.

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Martín Sivak estuvo en la feria del libro de Bogotá presentando su más reciente libro, El salto de papá.  En Argentina, el libro llegó a su quinta reedición en menos de setenta días.

Tu nuevo libro, El salto de papá, acaba de llegar a Colombia, pero en Argentina ya está en la octava edición. Ha sido un éxito rotundo. El libro es sobre el suicidio de tu padre, pero veníamos hablando sobre el poder y en el libro queda claro que a tu padre le interesaba el poder, estar cerca de él.

Sí, mi padre empezó a militar en el partido comunista dese muy joven y tenía un gran interés por la política. Esto coincide con que su padre era un empresario cuyos orígenes financieros están vinculados al Partido Comunista. Entonces su cercanía al poder tenía que ver con la idea que tenía él y su generación de que iban a tomarse el poder. Mientras mi padre se rodeaba de generales y dirigentes políticos, su padre [el abuelo de Martín Sivak] le interesaba más la construcción de un emporio empresarial, de una gran empresa. Pero mi padre mantuvo esa fascinación por la política desde un lugar que quizás desde afuera puede verse como relevante, pero que en realidad fue bastante marginal. Mi padre nunca estuvo en cargos importantes de cámaras empresariales; dirigía una empresa mediana que tenía un banco, pero no era una empresa importante en la Argentina. Ahora bien:  el secuestro de su hermano sí lo hizo vincularse con dirigentes políticos, diputados, jefes de policía y del ejército. De modo que por nuestra casa circulaban personajes relevantes de la vida pública argentina y mi padre estaba en una situación que los veía, por un lado, para llegar a esclarecer el secuestro y posterior asesinato de su hermano, y al mismo tiempo porque él creía que desde su banco podía hacer política y combatir al capitalismo. Toda esa fascinación de mi padre por el poder y la mala administración de su empresa fueron materia de mi libro.

A mí siempre me interesó mucho la relación del poder económico con el poder político. Varios de los libros que he escrito tienen que ver con eso, pero evidentemente es una perspectiva muy distinta a la de mi padre porque yo siempre fui un asalariado.

“Mi papá tenía cierto orgullo por haber sido preso político en la década del 70 y le resultaba totalmente insoportable la idea de volver a la cárcel por razones económicas. Nuestro ritual sagrado de ir a ver a Independiente lo dejamos de hacer porque él no podía tolerar esa imagen: Él fotografiado en la cancha de Independiente con esposas”.

Tu padre se suicida en el año 90 y tardas veinte años en empezar a escribir El salto de papá. ¿Desde cuándo tenías la idea de que ibas a escribir un libro sobre tu padre?

La primera vez que escribí algo sobre él fue una especie de semblanza. Es el capítulo dos del libro y lo escribí en el año 2001. Esa vez sentí una gran necesidad de contarle a mi hermano y a mis mejores amigos quién fue mi papá. Era un texto privadísimo. Yo trabaja en ese entonces en una revista, pero ni se me pasó por la cabeza cuando terminé de escribir ese texto mostrarle al jefe de redacción diciendo: ¿por qué no la publicamos? Para mí formaba parte de mi intimidad. Yo siempre he sido una persona muy atenta a los aniversarios y me acuerdo que lo mandé días antes del aniversario de la muerte de mi padre.  Sentí un gran alivio porque finalmente pude escribir algo sobre mi él. Pensé que con eso terminaba,  no es que dije: “Ahora que escribí este texto de cinco o seis páginas, voy a hacerle el libro de mi papá”.

Hasta que en 2008, 2009 mi mujer estaba embarazada. Además, yo entre 2005 y 2010 viví por fuera de la Argentina y cada vez que volvía me resultaba más fuerte la ausencia de mis padres.  Entonces esa combinación -de estar esperando el nacimiento de mi hijo y el que cada vez que viajaba a la Argentina se me hiciera más presente esa ausencia- me hizo empezar a escribir cosas sueltas. Por otra parte, lo que empecé a hacer más sistemáticamente fue a leer muchas memorias de padres, una cosa obsesiva. Leí El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince, Patrimonio de Philip Roth, entre muchos otros. Se armó como una especie de sub-biblioteca en mi biblioteca y eso también me animó. Fue toda una combinación de cosas que hizo que en algún momento dijera: “Voy a escribir sobre mi papá”. En paralelo, estaba escribiendo los libros de Clarín y entonces no podía ser un libro de todos los días; a veces pasaban tres meses que no lo tocaba. Ahora,  toda esa primera parte la escribí con base en mis recuerdos. Y ya cuando volví a vivir en la Argentina, en el 2010, ahí me entregué a ese absurdo que es hacer un reportaje sobre mi padre: hablé con su peluquero, su psicoanalista, revisé expedientes… Era medio extraña esa situación de ir a un bar, encontrarme con amigos o conocidos de mi padre a preguntarles: “Contame de mi papá”.

El libro es muy descriptivo, no es un libro sobre el duelo. Pasaron veinte años entre la muerte de tu padre hasta que comienzas a escribir el libro. ¿Tenías claro que no querías hacer un libro sobre el dolor?

Sí, uno de los legados de mi padre es esta idea de no ponerse en víctima. Yo intento no ponerme en víctima y no quería contar esa historia en esa condición. No es una cosa de superación personal –creo que en el libro no hay eso–, pero sí de transformar todo eso en algo más vital porque la manera en que uno recuerda no solamente es dolorosa. Hay muchas cosas que el libro me permitió volver a recordar que no tienen necesariamente que ver con el dolor.

Una persona que está acostumbrada a escribir sobre los otros, ¿cómo maneja el pudor cuando escribe un libro sobre su círculo íntimo?

El pudor y la incomodidad van a estar siempre. No es que como se me fue el pudor y la incomodidad pude escribirlo. No. Lo pude escribir con el pudor y la incomodidad. Aún hoy, a nueve meses de salido el libro, a mí todavía me da pudor e incomodidad hablar de estos temas. Entonces no es que el pudor te inhabilite. Al contrario, es un gran motor para la escritura.

¿Por qué conecta tanto el lector con este tipo de libros sobre la muerte del padre?

En la relación de autor con los lectores hay algo que yo no tenía en mi registro y es que la emoción te conecta con una gran cantidad de personas. A mí me ha pasado con este libro. Desde que salió no paro de recibir cantidades de mensajes de personas a quienes este libro las ha tocado por distintas razones. No solamente casos de parientes de suicidados, sino también de muchas situaciones que nada tienen que ver con el libro. Al leer un libro tan íntimo, el lector se habilita para entablar una conversación íntima. Eso para mí fue una sorpresa, la verdad es que yo no lo esperaba. Creeme: cuando se decidió la primera tirada del libro, el director de Planeta en Argentina dijo: “Vamos con cuatro mil ejemplares”. Y yo: “No, es, mucho, es un año malo en la industria”. No es falsa modestia. Yo pensé que este libro era para estos ocho amigos y por ahí para mi hermano.

Yo no escribía para ver cómo voy a replicar a estos autores que tuvieron tantos lectores. Y de repente pasó lo que yo no esperaba y es que el libro ha tenido más lectores de los que yo suponía. Entonces, volviendo a tu pregunta, la emoción es una de las explicaciones. También hay algo –supongo– de curiosidad por los conflictos familiares y algunas cosas que se cuentan en el libro.

Unos de los rasgos que destacaba de tu padre a lo largo del libro es su generosidad. La gente lo recuerda como una persona supremamente generosa. ¿Tu sabías eso desde el principio?

Yo sabía que mi padre era generoso. Lo cual suena contradictorio porque quitarse la vida supuestamente es un gesto egoísta. Pero un padre siempre es un gran enigma. Aun en esa decisión supuestamente egoísta, individualista, yo nunca dejé de tener muy presente lo generoso que era mi padre. Era muy generoso desde el punto de vista humano, de ayudar a las personas y de entender a las personas. ¿Cuál es el patrimonio, cuál es el legado de un padre? Yo esa generosidad siempre la tuve muy presente. Obviamente, nunca he podido ser tan generoso como mi padre lo fue con tantas personas.

Siendo hijo de Jorge Sivak, ¿tienes claras las razones por las cuales se suicida tu padre?

Yo al principio quería tener la gran respuesta a esa pregunta. Ahora yo lo que creo es que mi papá tenía cierto orgullo por haber sido preso político en la década del 70 y le resultaba totalmente insoportable la idea de volver a la cárcel por razones económicas. La depresión de esos meses finales él estaba convencido de que iban a decretar la quiebra del banco y que lo iban a arrestar. De hecho, nuestro ritual sagrado de ir a ver a Independiente lo dejamos de hacer porque él no podía tolerar esa imagen: Él fotografiado en la cancha de Independiente con esposas. Eran fantasmas.

Ahora bien: mi padre fue un pésimo administrador, no tenía vocación para los negocios, pero no es que se haya robado dinero de los ahorristas y los haya fugado a una cuenta en Suiza (algo que sí sucedía mucho en la Argentina). Entonces mi padre tenía una cuestión con el honor, y que lo vieran como un banquero inescrupuloso le resultaba totalmente insoportable. El día en que el banco decretó la quiebra fue a la casa de su padre y  se arrojó desde la ventana del cuarto que había sido de su hermano.

Héctor Abad duró muchos años sin poder escribir algo luego de haber escrito el libro sobre su padre. ¿Temes que tu mejor libro ya lo hayas hecho? Te he escuchado decir que no sientes una gran necesidad de escribir.

Tengo muchos amigos que si no escriben están de mal humor. Yo mi primer libro lo empecé a los 19 años y siempre tenía adelante un libro. Terminé el de Torres, sabía que iba a seguir con el Banzer. Terminé el de Banzer, sabía que iba el de Mariano Grondona (un periodista argentino referente de la derecha). Siempre iba encadenando un libro tras otro. Y los últimos libros que fueron los dos tomos de Clarín me llevaron tanto tiempo y tanto esfuerzo que ahora no tengo eso.

No me pesa esto de que nunca voy a salir de este libro. Quizás nunca salga. No siento mucha presión. Hay una cosa que me dijo mi editora que es una gran frase y es: “Nadie está esperando el libro de uno”. A veces yo veo en algunos escritores el vicio de tomarse demasiado en serio. Uno escribe lo que tiene ganas de escribir.  A algunos libros les va bien, a otros les va peor. Yo cuando estaba escribiendo el libro de Grondona, o los tomos de Clarín,  no estaba pensando: “Lo escribo porque me va a ir bien”. Son temas que te tienen que importar y siempre en eso fui muy honesto conmigo. El de Evo Morales, por ejemplo, me lo rebotaron varias editoriales y al final colmó totalmente mis expectativas (hasta en chino se tradujo). Pero cuando yo lo escribía no estaba pensando: “La voy a pegar con el libro de Evo”. Lo escribí porque tenía ganas de escribirlo. Entonces con el próximo libro, que no tengo claro, espero que sea así. Cuando elija un tema y cuando me ponga a escribirlo, va a ser porque el tema me importa.

Periodista y todero en @Lanoficcion. Vive entre Lima y Bogotá.

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