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Renato Cisneros: “La aspiración por la nobleza es una de las tristes herencias del coloniaje”

El escritor peruano estuvo en Bogotá para presentar su nueva novela.

 

Entre las crisis creativas más penosas se cuenta la del escritor que luego de haber escrito una gran obra se enfrenta a la angustia de no saber qué libro viene después. Ese fue el síndrome que padeció Héctor Abad Faciolince luego del éxito de El olvido que seremos. Mientras el testimonio sobre el asesinato de su padre era traducido a más de una decena de idiomas y se convertía en una obra icónica sobre la violencia colombiana, el escritor antioqueño era incapaz de recobrar el fuego creador. Todo lo que escribía le parecía de una calidad precaria y estuvo al borde del retiro, resignado al papel de lector de textos ajenos. Uno de los momentos en que más abatido se le vio por cuenta de su mala racha fue durante la primera Bienal de Novela Mario Vargas Llosa en Lima, en marzo de 2014. “Cuando vengo a estos encuentros de escritores –dijo en una mesa redonda del evento–, me siento como un cura que ha perdido la fe en una reunión de obispos. Desde hace tiempo lo que escribo me sabe mal. Me gusta más lo que escriben los otros”. Abad Faciolince, sin embargo, logró salir del atolladero y retomar el hilo de la escritura. En la siguiente bienal limeña, de hecho, llegó a estar dentro de los nominados al premio por su novela La oculta.

En el listado de opcionados aquella segunda vez, además del colombiano, también figuró el escritor Renato Cisneros (Lima, 1976) con su libro La distancia que nos separa. Curiosamente, la obra del peruano guardaba una peculiar conexión con El olvido que seremos. Más allá de la extraordinaria acogida que habían tenido entre los lectores –Cisneros había llegado a la quinta reimpresión de su libro en menos de un año–, a las dos novelas las hermanaba el hecho de abordar el tema de la muerte del padre, y el de haber logrado trenzar un relato íntimo y familiar con un retrato político de sus respectivos países. Pero había una diferencia fundamental entre uno y otro caso y es que Cisneros, al contrario del narrador colombiano, había logrado esquivar la angustia de no saber qué proyecto viene luego de la resaca del éxito. “Yo felizmente sabía qué libro venía después de La distancia que no separa”, dice. “No pasé por ese momento que debe ser muy difícil para un autor que ha tenido un libro que se ha expuesto mucho de no saber qué libro viene ahora”.

El que Cisneros haya encadenado su siguiente proyecto narrativo sin solución de continuidad se debe en parte a su editor de entonces. Fue él el que tuvo el buen tino de identificar dos novelas –con una trama y una fisionomía diferentes– en el manuscrito donde Cisneros contaba la historia de la rama paterna de su familia. La primera novela, circunscrita a la historia de su padre, y la otra, una exploración genealógica que se remontaba dos siglos e incluía al tatarabuelo del escritor.

Luego de la publicación de La distancia que nos separa, Cisneros se instaló en Madrid y se dedicó a reescribir la primeras trescientas páginas de ese manuscrito rechazado a medias. El resultado de esa revisión fue Dejarás la tierra, novela que acaba de ser presentada en la feria del libro de Bogotá.  

Los protagonistas de esta segunda entrega de la saga familiar de los Cisneros son el abuelo, bisabuelo, tatarabuelo y tatarabuela del escritor. Todas ellas fueron personas que participaron en hechos relevantes en la historia del Perú. Hay pioneros de la novela peruana, diplomáticos y periodistas importantes, cuyos currículos literarios explican hoy que colegios y malecones limeños deban a ellos sus nombres.

Todo ese bagaje se había convertido en un pretexto celebratorio para los Cisneros y en una credencial para reclamar cierta prestancia social en el Perú, como en general ocurre al interior de muchas familias latinoamericanas en las que alguno de sus miembros ha protagonizado sucesos importantes en sus países. A ojos de Renato, sin embargo, había algo de impostura en toda esa ambición por la nobleza. Y más que eso, reconocía que se trataba de un relato maniqueo que nublaba la posibilidad de conocer quiénes en realidad habían sido aquellas personas de las que él supuestamente debía ufanarse. “A los nietos nos enseñaron a presumir de nuestro abolengo –escribe Cisneros en las primeras páginas de Dejarás la tierra– pero jamás nos dijeron, al menos no a mí, quiénes eran o habían sido en el fondo Luis Benjamín y Fernán Cisneros, no los poetas, sino los hombres de carne y hueso. Sabíamos que habían sido destacadas figuras literarias, pero nada sabíamos de su vida real, su intimidad, sus emociones, sus miserias, de los reveses que los llevaron a dedicarse a ese oficio solitario por el cual nosotros, siglos después, los honrábamos”.

Más que el ánimo desafiante de desmontar la versión que se había perpetuado sobre su abuelo y bisabuelo, a Renato Cisneros lo movía la pulsión literaria de comprender y entender a esas personas. Eso fue lo que lo hizo al volcarse en una indagación que lo llevó a parajes lejanos de la sierra peruana, cementerios, hemerotecas y archivos arzobispales. El escritor peruano, que trabajó diez años en un periódico cubriendo los asuntos más variados, aplica en Dejarás la tierra las técnicas de la reportería para reconstruir la historia de su familia, aunque en algunos casos acude a la armas de la ficción para rellenar algunas lagunas insalvables.

Lo que acaba descubriendo en sus pesquisas es que su familia, al igual que casi todas, está llena de secretos, de hijos ilegítimos, de tragedias silenciadas y triángulos amorosos. En ese sentido, su nueva novela es una especie de síntesis de la familia latinoamericana, la demostración fehaciente que siempre existe al interior de ellas una pugna entre la verdad y la versión que heredan los hijos. Dejarás la tierra es por eso un libro de gran valentía, que está además escrito con una prosa estupenda, que da cuenta del gran oído poético de su autor.

En La no ficción aprovechamos la visita de Renato Cisneros a Bogotá para hablar con él acerca de los dos libros que componen la saga familiar.

¿Se te pasaba en los mejores sueños esto que está pasando con La distancia que nos separa?

No, jamás se me pasó por la cabeza. Aun cuando yo sabía que el tema de mi padre siempre estaba ahí, latiendo, incomodándome, no se me pasó por la cabeza escribir una novela, hasta que ocurre la situación que yo comento al inicio y sentí que no podía postergar más, que evidentemente era un tema. Pero lo escribí sin pensar si le iba a ir bien en Perú, así que todo lo que ha venido pasando ha sido una sorpresa muy agradable.

Tu editor con muy buen tino dijo sobre el mamotreto que le entregaste: “Aquí hay dos novelas”. ¿Tú arrancaste pensando solo en escribir sobre tu padre?

Exacto. De hecho, cuando el editor me hace esta observación me dice: “Saca las primeras trescientas páginas, pero esa historia insinúala de todas maneras, porque si la vas a reescribir, si esta novela va a existir  –refiriéndose a la segunda, que todavía no tenía título–, sería bueno que la historia de tu padre esté enmarcada en algún tipo de cosmogonía familiar”. Es por eso que las primeras páginas de La distancia que nos separa son una insinuación de lo que no se va a contar para contarlo más adelante.

Hay una cosa muy limeña que es la importancia que se le da los apellidos. Y el Cisneros es un apellido que resuena, que abre puertas, que le da el nombre a un malecón en el distrito de Miraflores en Lima. Pero tú en alguna parte de Dejarás la tierra dices que aprendiste a querer a tu familia y al mismo tiempo a resistirla. ¿Siempre trataste de marcar esa distancia?

Quizá no era tan consciente al inicio de ese sentimiento tan particular. Pero sí había una cosa que me fascinaba de las dinámicas familiares, o de la dinámica de mi familia paterna, pero también me fastidiaba un poco el hecho de que se insistiera tanto en determinados episodios y en las mismas anécdotas.  Sentía que había algo teatral, que hay había un momento en que dejaba de ser la transmisión de una suerte de acervo familiar y se convertía en una performance. Y ahí es cuando empiezo a preguntar: “¿Cómo habrán sido estos hombres en ese otro ámbito de su vida del que nunca hablan? Yo me había leído sus libros, pero sus libros eran de una poesía muy celebratoria, y las novelas de mi bisabuelo –que además él inicia el género en el Perú–  eran historias muy costumbristas, pero no revelaban –o por lo menos yo veía al principio que no revelaban–  nada sobre él. Y empecé a hacer preguntas, a recuperar lo poco que se sabía, a buscar y encontrar cartas, ir a archivos, buscar testamentos, ir al cementerio, y poco a poco fui encontrando muchos más testimonios y evidencias de las vidas íntimas de cada uno de ellos.

Hay un personaje que me gusta mucho y que aparece en los dos libros que es tu tío Gustavo, que es una especie de impulsor de tu proyecto narrativo.

En toda sociedad, como en toda familia, hay un discurso hegemónico respecto del pasado, que es “al pasado no hay que volver”. Por eso quizá hay una cháchara política tan efectiva que siempre alienta la idea de mirar hacia el futuro y que se refiere al pasado en términos muy escépticos. En las familias pasa exactamente lo mismo. En la mayoría de ellas no hay precisamente un deseo manifiesto de recapitular momentos incómodos, más bien a uno lo educan en la certidumbre de que vive en una familia de determinadas características y sobre lo feo, oscuro y triste no hay que volver. Pero también hay algunos, una minoría, que sí está encaprichada en que las cosas se sepan. A esa minoría pertenece mi tío Gustavo y pertenezco yo, que me he venido obsesionando con la historia de la familia desde que se la escuché a él y recabando material suficiente para poder escribirla y que quede puesta en evidencia.

Te he escuchado decir que lo peor que le puede pasar a una familia es tener a un escritor dentro de sus filas. Pero eso al mismo tiempo me hace pensar en una paradoja. Tú eres una especie de traidor porque abriste las compuertas de las vergüenzas familiares, pero al mismo tiempo se las llevas a un público inmenso y la gente se compadece por esos personajes, se siente identificado con muchos de ellos, y además logras dejar constancia de una historia que de otra forma se habría perdido.

Sí, además de alguna manera exhibir esas vergüenzas es también descomprimirlas. Cuando los demás se dan cuenta a través de la historia de que en sus familias también ocurre un poco lo mismo, la sensación de oprobio se diluye mucho, cuando la gente se da cuenta que todas las familias están más o menos constituidas con los mismos materiales, ya la vergüenza se atenúa bastante. Es como creer que solamente a tu familia le pasaron esas cosas y eso te hace ser un ser desdichado, pero cuando te das cuentas que todas las familias han atravesado episodios similares o idénticos, se te alivia un poco la culpa o lo que fuere.

Hace un rato decías que en el Perú hay esta especie de obsesión por la apariencia. Yo creo que ocurre en general en nuestros países y que esa es una de las tristes herencias del coloniaje. Esta aspiración por la nobleza, por el prestigio, por el querer pertenecer a determinadas élites, y en nombre de eso uno es capaz de echarle tierrita y poner debajo de la alfombra episodios de la biografía personal o familiar que resulten incómodos o que fastidien ese proyecto de tener un status social determinado. Por eso no se habla de las bancarrotas, de los parientes enfermos, de los tullidos, de un suicidio, de un encarcelamiento, de un muerto, etcétera. Creo que esa es una de las herencias más penosas de nuestra experiencia como colonias.

En toda sociedad, como en toda familia, hay un discurso hegemónico respecto del pasado que es: “Al pasado no hay que volver”.

¿Al escribir lograste deshacerte de esa preocupación de cómo iba a tomar dentro de tu familia ese proyecto de autobiografía familiar, o lo escribiste a pesar de eso?

Sí había incomodidad. Había una suerte de pugilato entre el hijo y el escritor. Pero también quizá porque la vocación se va afirmando en las indagaciones y en la escritura, uno se va decantando finalmente más por el lado literario que por el lado familiar. Además, yo siento que la familia que lo ha leído y se ha sentido decepcionada o desengañada, ha tomado el libro como lo que no es ni pretende ser, es decir, como si fuera una suerte de documento fedatario, notarial, periodístico, cuando yo lo que he escrito en estas dos novelas es la historia de mi padre y una familia no tal como ocurrió a pie juntillas porque para hacerlo habría tenido que seguir una línea cronológica mucho más específica. Lo que he hecho es escoger momentos de la historia de esta familia y momentos de la historia de este hombre para recapitular lo que yo creo que fue la historia en conjunto. Pero eso hace la literatura, no son textos cerrados ni quiere decir que esa sea la historia de los Cisneros. Pero también entiendo que es difícil que un familiar lo pueda comprender así. Quienes mejor han comprendido la necesidad que yo tuve de escribirlos son mi familia más nuclear y ellos, no sé si celebran el libro, pero se lo han bancado.

En Dejarás la tierra te remontas dos siglos, hasta la independencia del Perú. Hiciste una investigación exhaustiva, fuiste a archivos del arzobispado, pero también en algunos fragmentos dices cosas como “No se sabe nada sobre Gregorio Cartagena (su tatarabuelo) en este periodo”. Se nota una investigación muy completa, pero al mismo tiempo acudes a la ficción para rellenar lagunas, sobre todo en reconstrucción de diálogos y escenas.

¿Cómo reconstruyes la primera relación sexual de un sacerdote en 1820 con una mujer de pueblo? Es difícil, no hay ningún tipo de evidencia que haya sobrevivido al tiempo. Yo lo que hice fue leer mucho de cómo se comportaba la gente. Leer teatro de época me sirvió para saber cómo hablaba la gente, cómo se vestía, cómo se trataban y a raíz de eso, tratando de meterme en la sicología de esos personajes, reconstruí eso que ni atestigüé ni pude comprobar de manera material. Hay un escritor español que se llama Luis Mateo Díez que él tiene una idea bien bonita respecto de la confección de personajes. Él dice: con los personajes primero hay que ir detrás de ellos, después con ellos y después en ellos. Y es lo que yo he tratado de hacer con Gregorio y Nicolasa sobre todo (su tatarabuelo y tatarabuela). Traté de ponerme en sus zapatos y preguntarme cómo se habrían podido haber interesado el uno por el otro. Entonces es una novela de no ficción en un sentido, pero también tiene ficción. Las etiquetas son bastante elásticas en el caso de ambas novelas.

Tú también escribes poesía y en esos libros hay un cuidado por el fraseo, por escribir de manera poética así sea en prosa. ¿Qué te ha dado la poesía como novelista?

Una pregunta recurrente que suelen hacer es: “¿Qué pasó con la poesía? ¿Por qué no la sigues escribiendo?” Lo que ocurre con la poesía, a diferencia de la narrativa, es que uno no decide escribir poesía, uno no se sienta y dice “Hoy voy a escribir un poema”. Eso no pasa. Y si pasa, hay algo de artificial en esa operación. Sin embargo, uno sí puede decidir “Hoy voy a esforzarme por escribir un relato”. La poesía elige más bien si es escrita por ti o no. Quizás porque yo pasé once años en un periódico haciendo periodismo diario, político y deportivo  –que es como lo más prosaico del mundo– fui eclipsando esa voz lírica que había surgido en la adolescencia y que me dio tal vez algún sentido de la musicalidad, de la eufonía, de las velocidades que tienen que verse cuando se escribe. Quisiera pensar que en Dejarás la tierra la poesía vuelve un poco.

Siempre hay, en toda historia, una gran anécdota que define el tono general del relato. En La distanciaque nos separa la gran anécdota es la desaparición del padre y cómo a partir de eso se diluye o se confunde o se reconstruye el mundo del narrador. Y a mí me pareció que eso exigía un tono más seco, que no podía ser un libro demasiado empalagoso. Con Dejarás la tierra, por el contrario, ocurrió que la historia era tan exuberante, tan rocambolesca, que sentí que lo que me demandaba la historia era también un lenguaje exuberante. Por momentos quizás parezca, espero que no, algo alambicado.

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Renato Cisneros vive en Madrid, aunque por unos meses está de vuelta en Lima presentando un programa de entrevistas en la televisión. Por la fiebre del mundial y las elecciones municipales y regionales que se celebran a finales de este año en Perú, le parecía que era una temporada importante para estar de vuelta.  Foto: @PlanetaLibrosPe

 Algo que me parece que funciona muy bien en los dos libros es que nos permitas ver a los lectores el detrás de cámaras de la historia, cómo se va construyendo, que es un método muy de Javier Cercas. Creo que ahí hay una influencia clara. ¿Te gusta ese método? ¿Sientes que te ha dado una manera de escribir buenas novelas?

Yo no quería que Dejarás la tierra fuera una novela histórica.  Eso me habría obligado a respetar la cronología de los hechos y tal vez la lectura se hubiese vuelto más densa. Lo que quería era contar la historia de mi familia, pero también contar cómo y por qué me obsesioné con ella. Eso explica que haya saltos temporales entre el siglo XIX y siglo XXI, que algunos capítulos estén dedicados a revisar el pasado y otros a reflexionar desde el presente sobre ese pasado. Y sí, evidentemente, a mí me encanta la literatura de Cercas, me encantan los libros de Emmanuel Carrère, pero no sé si es una influencia o simplemente el hecho de que salieron así. Yo no me considero un genio literario, me considero una persona que siente que tiene que trabajar demasiado para escribir sus libros. Simplemente fue una decisión que tomé de escribir Dejarás la tierra de esa forma. Me parecía que era un método para ganar la complicidad del lector, porque no quería solamente contar la historia de mi familia sino también explicarle a los lectores por qué para el narrador era importante.

La distancia que nos separa en Colombia la presentan como El olvido que seremos peruano. En la feria del libro de Bogotá también está Martín Sivak presentando el libro sobre su padre y también lo introducen como El olvido que seremos argentino. Se ha creado una especie de etiqueta latinoamericana para acuñar este tipo  de libros. Eso me hace pensar en algo que alguna vez le escuché decir a un editor. Decía él que por mucho que se esforzara Héctor Abad en escribir un libro, nunca iba hacer uno tan bueno como El olvido que seremos. ¿Tienes miedo o te preocupa el hecho de que alguno de estos dos libros ya sea tu mejor novela?

A mí por ejemplo Dejarás la tierra me parece un artefacto literario más acabado. Me parece que está mejor escrita que la anterior, me gusta más como libro. Pero entiendo perfectamente que la anterior tenía un tema y fue escrita de una manera tan… más que escrita fue como expectorada, lo que le daba un atributo que la otra no tiene ni pretende tener. A Héctor Abad cuando le hacen ese comentario él suele responder: “Prefiero un libro aunque sea, que no tener ninguno que quede en la memoria de la gente”. Para mí lo importante es no escribir los libros que uno quiere, sino los libros que uno tiene que escribir. Mientras uno escuche realmente en su interior cuáles son los temas a los que tiene que abocarse, creo que los libros van a ser honestos, aunque vendan más o menos, o sean más o menos traducidos. Esa es la  literatura que a mí me interesa escribir, no la que está de moda sino la que necesito por alguna razón convertir en una novela.

Periodista y todero en @Lanoficcion. Vive entre Lima y Bogotá.

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