Skip to content

[Podcast] Fernanda Melchor: “Lo que a veces nos venden como crónica es solo una nota con adjetivos”

Melchor es una de las nuevas voces más celebradas de México.

Cuando en 2013 la escritora Fernanda Melchor (Veracruz, 1982)  iba a publicar su primer libro Aquí no es Miami, su editor Juan Manuel Servín temía que éste fuera a ser malinterpretado por algunos periodistas. “La banda periodística se va a friquear –le dijo–, van a decir que esto no es periodismo”. Servín tenía en mente a un grupo de escritores-periodistas que se había especializado en la crónica y que se mostraba siempre vigilante, listo a reprender a cualquier escritor que osara irrespetar los dictados del género. Melchor, un poco a regañadientes, se vio en la necesidad de escribir una nota introductoria en la cual reclamaba un lugar para los once relatos de no ficción que componían su libro. “No son textos periodísticos –dijo–  porque no incluyen fechas, datos duros ni números de placas (en parte, para proteger a mis informantes), pero tampoco son ficciones realistas: no hablo de lágrimas, hombres armados o niños heridos donde nunca los hubo. La única ficción que estoy dispuesta a reconocer en estos relatos es aquella que permea todo constructo del lenguaje humano, desde la poesía hasta la nota informativa: la forma del relato, su esquema organizativo”.

Aquí no es Miami, que acaba de ser reeditado en México por Literatura Random House, nos devuelve a la noción más elástica de la crónica periodística, la que le debemos a García Márquez cuando la bautizó simplemente como “Un cuento que es verdad”. La escritura de Melchor se rehúsa a las etiquetas, diluye la separación entre ficción y no ficción, y nos recuerda que solo existe la buena literatura, aunque en algunos casos el sustrato con el que trabaja el autor sea enteramente un conjunto de hechos que ocurrieron.

Fernanda Melchor  estuvo de paso por la feria del libro de Bogotá para hablar de su segunda novela Temporada de huracanes, que fue catalogada en México como uno de los mejores libros del 2017 y está siendo traducido a siete idiomas. En La no ficción, sin embargo, utilizamos como pretexto la reedición de su libro de crónicas para hablar con ella sobre su doble faceta de novelista y periodista. Abajo encontrará una versión transcrita y editada de la conversación con Fernanda que grabamos para nuestro podcast.

Aquí puede encontrar la lista completa de nuestro episodios. Si le gusta, suscríbase a La no ficción en su plataforma preferida de podcast.

¿Cómo te la llevas con las ferias, con esta faceta del escritor que consiste en promocionar su obra?

Es complicado. Yo siempre he pensado que el libro que sacas es lo que tienes por decir de un tema. Todas estas cosas de mercadotecnia me incomodan algo. Tú trabajas meses, años a veces en un libro, y realmente lo que tienes que decir está en ese libro, y tener que hablar de ese libro es redundante y siempre es un esfuerzo. Siento que también es un riesgo, que me van a escuchar hablar en una mesa y van a decir: “Esta mujer es una tarada, mejor nunca voy a comprar sus libros”. Yo preferiría que mi trabajo hablara por mí. No es una cuestión de soberbia, sino más de inseguridad.

Eso que dices me hace pensar en una frase de Piglia que dice que las presentaciones de libros no tienen sentido porque el libro vale por sí mismo, y si hay algo que se le quedó al escritor, se lo guarda para un segundo libro.

Claro. Y me gustaría que fuera como en el mundo anglosajón donde el autor casi nunca habla si no va y lee. Así el lector entra en contacto con el material que tu realmente quieres que el lector conozca. Y a propósito de Piglia: una vez nos estábamos burlando unos amigos escritores y yo de cuando en las entrevistas los fotógrafos quieren fotografiarte leyendo tu libro, y hablábamos de los ridículo que es eso, y buscando en la red aparecían fotos de Piglia con su libro. Entonces dijimos: “Bueno, si ni Piglia se salvó de tremenda ridiculez, qué podemos esperar nosotros los autores menores”.

Has llegado a Bogotá con tu segunda novela Temporada de huracanes, pero este año se ha publicado en México la nueva edición de Aquí no es Miami, una recopilación de crónicas que habías publicado con Almadía en compañía con un sello que publica no ficción.

Exactamente. Pero ese libro aquí no ha llegado: el gran problema que tenemos de distribución entre nuestros países. No sé si te pase a ti, pero a mí sinceramente la literatura española actual no me parece muy estimulante, me gusta muchísimo más lo que se hace en América Latina. Y sin embargo, es bien difícil conseguir libros de sellos pequeños argentinos, chilenos, colombianos, peruanos, ecuatorianos; siempre es un esfuerzo muy grande. Una de las cosas chidas de las ferias es también venir a comprar kilos y kilos de libros. Ahora estoy pensando que voy a tener que botar ropa para poder llevarme libros porque ya no me caben en la maleta.

En México, como dices, ahorita estoy en la promoción de Aquí no es Miami, que es un libro de crónicas que publiqué en 2013 y que contiene crónicas escritas más o menos entre el 2008 y 2011, cuando explota la violencia del narco en la ciudad donde yo nací y crecí, el puerto de Veracruz. Este libro tiene crónicas que narran el inicio de la violencia, y también hay otro tipo de crónicas de sucesos míticos de la ciudad, viejos casos de nota roja e investigaciones de diversa índole que me sirven como pretexto para hablar de lo que es vivir en una ciudad como Veracruz.

El otro día comparabas a Veracruz con Cartagena…

Pero, ¿sabes? Lo estuve pensando mejor y creo que es más bien como Barranquilla porque también está el río. Es una combinación de estas ciudades costeras que participan de lo que García de León, el teórico del Caribe, llama el Caribe afroandaluz; toda esta zona de influencia española con mezcla de sangre negra y sangre indígena. Yo siento que Veracruz está más hermanada con ciudades como La Habana o Campeche, que con ciudades al interior del mismo estado como Córdoba y Orizaba.

En alguna crónica de Aquí no es Miami dices que Veracruz es un territorio donde la oralidad y las historias brotan de la tierra, y que la gente las cuenta con gran virtuosismo. Supongo que ese es un territorio muy fértil para el cronista.

Sí, además es muy estimulante. En todos lados hay historias. Cada ciudad, cada pueblo tiene sus historias, y la gente tiene sus maneras de contarlas. En el caso de Veracruz, ahí se le da mucho predominio a lo oral, es una cultura que desdeña el archivo, que no le ve el caso a tener hemerotecas. Por ejemplo, la poesía vernácula de Veracruz es la décima, una suerte de improvisación que se acompaña con jarana y con guitarra, y las personas improvisan rimas y poemas con esta forma que se llama la décima; como raperos del siglo XIX.  Pero nadie las escribe, es algo que se va construyendo siempre.

En Veracruz tienen esta cosa maravillosa que la gente es muy buena para contar historias, tienen una gracia especial para oralmente irte envolviendo en una narración, para irte presentando personajes, para ir tejiendo la trama de un relato que va más allá de una simple explicación.  Cuando era niña, de las cosas que más disfrutaba era hacerme la dormida cuando llegaban las visitas porque así podía escuchar a mi mamá, a mis tías y a las vecinas contar cosas que los niños no debíamos escuchar. Hablaban de crímenes, chismes, relatos que tenían que ver con rupturas amorosas, triángulos amorosos; todo muy melodramático, pero a mí me entretenía a veces más que la televisión. Pero el problema de ser justamente una cultura oral es que a veces importan más los detalles que las referencias. En Veracruz muchas cosas que pasaron en verdad se cuentan como un mito o leyenda, y nadie se acuerda de nombres, de fechas, de datos concretos que el periodismo narrativo sí necesita. A veces parte de lo padre de este trabajo es, sí, escuchar a la gente, el chisme, pero ir a buscar al archivo y a la hemeroteca, ir a los lugares, averiguar los nombres, ponerle datos más concretos.

Tu pareces muy cautelosa a la hora de referirte a los textos de Aquí no es Miami como crónicas periodísticas. No es arbitrario que aparezca bajo un sello literario del grupo Penguin Random House.

¿Sabes qué pasa? Cuando me estaba formando como periodista en la Universidad Veracruzana yo leí mucho Nuevo Periodismo: Truman Capote, Norman Mailer. Pienso en libros como Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe, que son increíbles. Son libros que hablan de experiencias subjetivas y lo hablan sin miedo a parecer una narración subjetiva. Pero yo me acuerdo que cuando yo estaba estudiando y quería hacer cosas así, los profesores me decían: “No, si vas a hablar de un taxi que atropelló a un niño, tienes que poner la placa del taxi”. Yo pensaba que al final de cuentas lo que a veces nos venden como crónica, o reportaje literario no es tal. Es más bien una nota con adjetivos. A veces no hay una ambición de encontrar una forma novedosa de contar, de aprovechar las herramientas de la literatura para crear relatos que causen efectos.

Siento que el periodismo actual empobrece terriblemente el lenguaje. Esa era una crítica que hacía Baudelaire. El poeta Baudelaire cuando surgió la fotografía estaba indignadísimo porque decía que ahora cualquier pelmazo iba a poder ser artista, que el pintor tenía una técnica y una forma de representar la realidad, y decía que el fotógrafo tenía que ser la sirvienta de la ciencia. Entonces yo a veces siento que el periodista usa el lenguaje como si fuera su sirvienta. El lenguaje se vuelve nada más un vehículo para transmitir un mensaje pero no se vuelve un fin en sí mismo. En México, por ejemplo, sucede que ante el aumento de la violencia y ante el predominio del crimen, a veces lo que pasa es que acabamos usando el lenguaje de nuestros torturadores.

¿En qué sentido?

Por ejemplo,  la nota roja usa los términos que usan los narcos. Dicen cosas como  “levantaron a la señora”, “la embolsaron”, y usan términos como levantón y ejecutar (solo el Estado puede ejecutar porque tiene que estar la ley detrás, entonces cuando tú dices que unos narcos ejecutan, estás diciendo que los narcos son el Estado y la ley).

Los puristas desdeñarían tus crónicas porque faltan datos más duros. Tu sin embargo haces, en una nota introductoria, una defensa un poco diciendo: “esto parece literatura, tiene ese aroma, pero son historias reales. Usted llámelo como quiera”.

El prólogo fue idea de mi primero editor, Juan Manuel Servín, que me dijo: “Fernanda, estas crónicas muy padres y todo, pero yo siento que los lectores se pueden confundir y que vas a recibir tal vez críticas de periodistas diciendo que esto no es crónica, entonces por qué no escribes un prólogo donde plasmas tu postura”. Y yo dije: “Bueno, lo voy a hacer”. Ahora en esta edición yo quise quitar ese prólogo, quería que las historias hablaran por sí mismas, pero mis editores consideraron que era importante que estuviera esta suerte de carta de principios.

Más allá del lenguaje y de la forma, la mayor parte de las historias de Aquí no es Miami son hechos que ningún periodista consideraría noticiosos porque no hablan del ahora, de la noticia, de la pirámide invertida, son textos subjetivos, de vida cotidiana. A mí lo que me interesaba cuando empecé a escribir estas crónicas era contar historias de las que nadie estaba hablando porque los periódicos de plano evitaban tocar el tema del narco, o se apegaban a la versión oficial, o bien se enfocaban mucho en la visión de los criminales. Y yo decía: “Falta la visión de la gente normal: mi mamá, los amigos, los vecinos, la gente de a pie de Veracruz”. Sentía que se estaban perdiendo muchas historias y quería escribir de lo que era para una persona común y corriente vivir la violencia en Veracruz, una violencia que se sintió como una invasión barbárica, algo muy súbito que vino a transformar el temperamento de la ciudad.

Tu decías en el prólogo de la primera edición de Aquí no es Miami que para ti escribir crónicas fue una suerte de vía escape porque tu primera novela no marchaba. Escribes lo siguiente: “En aquel entonces, recuerdo, me interesaba la crónica como forma de desahogo: el periodismo narrativo como una escritura que me ahorraba el penoso, agotador proceso de la creación ficticia”. He escuchado muchas veces que el periodismo te provee un tema y un poco con eso se atenúa la angustia ante la página en blanco. ¿Qué es más fácil para ti: escribir ficción o no ficción?

Te voy a hablar de un caso intermedio. Esta nueva edición de Aquí no es Miami viene con una crónica que no aparecía en la primera edición. Sin embargo, pertenece a ese mismo periodo. Esa crónica yo debí haberla escrito en 2009, pero nunca pude encontrar la manera de escribirla de una manera que me pareciera satisfactoria. Tardé casi diez años en encontrar la manera adecuada de contarla. Curiosamente, es la historia de un chico licenciado en derecho que se dedica a lo que en México le decimos coyotes, que son estas personas que están afuera de los juzgados esperando a que llegue alguien con un problema y ofrecerle sus servicios. Este tinterillo acaba siendo detectado por el radar de los narcos y lo invitan a trabajar para ellos. A mí esta persona me contó su experiencia en 2009 y yo quería contar su historia porque me parecía bien interesante, pero la historia no funcionaba. Luego pensé: lo voy a volver una novelita, me gusta para un cuento largo o una novela pequeña. Intenté durante tres o cuatro años, no de trabajo constante, y nada. Para esta última edición de Aquí no es Miami me pidieron meter una crónica, y lo que sucede es que este libro de crónicas es más o menos lo que pasó en Veracruz hasta 2011, cuando todavía estaba un gobernador que se llamaba Fidel Herrera Beltrán, un cabrón que ahora está prófugo porque robó como loco. Y cuando se va Fidel Herrera empieza la desintegración del estado de Veracruz a nivel financiero, social, de justicia, criminal, se vuelve una tierra de nadie. Y yo no quería escribir algo nuevo, sentía que iba a ver un salto de seis años. Entonces recordé esta crónica que nunca logré escribir y vuelvo a ella y me doy cuenta que la única manera posible de escribirla es haciendo una especie de síntesis de lo que esta persona me contó, como si me lo estuviera contando. Es decir, escribir la crónica en primera persona, con su voz, como lo que hacen los dj’s: toman fragmentos que ya están grabados y lo vuelven un relato homogéneo. La crónica se llama La vida no vale nada y está armada como un discurso, y aunque ese discurso no fue seguido, yo te puedo afirmar que todo lo que ahí dice es el testimonio de esta persona.

¿Tú qué dices: que es ficción o no ficción? Realmente ya no importa.

Pero no me respondiste si es más difícil o más fácil escribir crónicas o ficciones.

A mí me es mucho más fácil escribir no ficción porque ya está la historia. Por ejemplo, hace poco la revista GQ me contrató para entrevistar a una vedette en México, la princesa Yamal, que estuvo relacionada con un caso muy famoso que fue el robo al Museo Nacional de Antropología en los años ochenta, en donde se robaron el tesoro de la tumba del Rey Pakal. A la princesa Yamal la acusaron de haber participado en este crimen y estuvo tres años en la cárcel, pero ella jamás tuvo nada que ver con eso, en su vida ni siquiera había pisado el museo. Yo fui a comer con ella, le di vino para que se soltara y me contó su historia y yo luego la escribí. Pero no es mi historia: es todo lo que ella me da, lo que yo puedo investigar y lo que logro contrastar.  Es decir, yo puedo tratar de conectarme con esta persona, sentir lo que ella sentía, y eso le da cierto filo a la narración: te pones en su lugar, la ves como un personaje, tratas de identificar en ella esta humanidad de lados luminosos y lados oscuros. En cambio, si yo tuviera que crear eso de cero, todo parte de mí y eso es bien difícil a veces.

Pero es como extraño porque ahora que lo dices mis crónicas también son muy personales y cuando hablas de un pasado que viviste y lo hablas sin máscaras, a veces es más fácil que hablarlo con la máscara de la ficción. No sé cómo explicar eso. Con mis novelas me ha pasado que cuando salen publicadas siempre tengo mucho miedo porque pienso: “Van a descubrir todos mis secretos, todos mis pensamientos, mis fantasías”.

Es bien difícil la ficción. Muchos periodistas que escriben muy bien sienten que no pondrían hacerlo. Cuando yo empecé a escribir crónicas, yo quería escribir una novela que hablara de las cosas que yo viví de adolescente, de las cosas que amigos de mi edad vivían, y un poco hablar de lo que es ser muy joven y sentir que no tienes futuro y que tampoco puedes volver a la infancia. Pero no podía. Entonces me di cuenta que escribiendo crónica lo que estaba haciendo era como ir al gimnasio, estaba haciendo músculo narrativo contando historias, y después cuando empecé a escribir ficción lo que empecé a hacer fue a imaginarme que las cosas que fantaseaba, alguien me las estaba contando. Me decía: “Haz de cuenta que estás escribiendo crónica, pero invéntate”. Así me funcionó, me quitaba mucho la presión.

La génesis de tu novela Temporada de huracanes fue una noticia que leíste en un periódico. Tú decías que esa novela, aunque parte de un hecho verídico, sentías que con la ficción podías indagar mucho más. A mí me causa mucha curiosidad, y no lo hago como reproche, este escritor que devora realidad pero que al mismo tiempo la abandona al escribir.

Hay muchas veces que la investigación periodística, la entrevista, solo te permite llegar hasta ciertas capas. Tú no puedes penetrar el alma preguntándoles a las personas. ¿Cómo llegar al fondo de una personalidad, de una esencia? Alguna vez pensé: voy a hacer una novela de realidad con este caso: en un pueblo se pierde una persona, el hermano reporta la desaparición de un hombre que se dedicaba a hacer brujería, y buscando el tipo encuentran su cadáver en un canal de riego, y los investigadores, los policías, le dicen al periodista que el principal sospechoso es un chico que era un examante de este tipo,  al cual comenzó a hacerle brujerías para que volviera con él. Yo vi esa nota y dije: No mames, esto es súper veracruzano. Allí la gente cree mucho en brujería, a pesar de ser católicos recurren a los amarres y los maleficios. Además yo decía: pero por qué el periodista escribe esto. ¿A él le consta? ¿De dónde sacaron esa historia? ¿La dijo el asesino confesando a la policía? ¿Los policías que conocían la historia en el pueblo que era ya sabido que estos dos hombres tenían amoríos? En algún momento pensé en hacer una novela de realidad: ir a hablar con la familia, ir a conocer los lugares, ir al mismo canal donde estuvo el cadáver, hablar con los policías, ir a la cárcel a entrevistar a los asesinos, pero pensé: ¿Con qué derecho me van a decir a mí la verdad y los motivos más profundos, que a lo mejor ellos ni lo sabían?

También decías que pudo haber algo de temor.

Me dio miedo porque estaban matando gente como locos en Veracruz y justamente este pueblo donde ocurrió era uno de estos que están a las afueras del puerto de Veracruz y están llenos de narcos, de vigilantes y de halcones. A esos pueblos no va nadie sin que se sepa a qué fuiste, y no quería andar preguntando y no tenía el respaldo de ningún medio.

Hay un libro maravilloso, Noche de califas, de un escritor que también es periodista que se llama Armando Ramírez, y ahí habla de un club de baile de la Ciudad de México donde acudían padrotes y prostituían mujeres. En esta novela habla de la vida de los padrotes y él  conoció ese mundo de joven, pero al principio de esta novela el personaje escritor que está escribiendo dice: “Yo hubiera podido hacer una novela de realidad con esta historia, pero decidí volverla ficción. Primero porque soy huevón para investigar y segundo, porque me gusta imaginarme cosas”. No es que sea huevona para investigar, me encanta investigar, no hay nada más placentero que empezar a seguir las pistas de la realidad y encontrar en la hemeroteca un dato que no tenía. Pero era un riesgo demasiado grande y nada me garantizaba que habría podido llegar adonde yo quería. Entonces acudí a la ficción porque la ficción sí me iba a hacer llegar hasta donde yo quería.

Pero es que además Temporada de huracanes es un libro muy atrevido estilísticamente. Es un coro de voces, no es lineal, pasas del narrador omnisciente a la primera persona. ¿Un libro de estas características podría ser basado puramente en realidad? Yo creo que es muy difícil.

Tal vez sí si se tratara de mí, si fuera una suerte de memoria. Tú puedes sondear dentro de ti, pero ¿hasta dónde puedes llegar en la psique de alguien más? Hay cronistas excepcionales que lo logran hasta cierto punto. Pienso en Leila Guerriero y en esta maravilla de libro que se llama Una historia de sencilla. Una vez me encargaron reseñarlo para Letras Libres en México y cuando yo leo la contraportada digo: qué bodrio. Porque se trata de un tipo que quiere ser campeón de un baile regional argentino, del malambo, entonces yo dije: ¿Baile regional? Qué flojera. Pensé que me iba a hacer perder el tiempo, una cosa medio folclórica. Pero no. Leila Guerriero llega muy adentro de este personaje. Es un chico pobre, físicamente no muy agraciado, que está luchando por este sueño que es convertirse en el campeón del concurso regional de Malambo, que es un baile además muy duro para el cuerpo. Y él se está jugando todo, porque además si él logra ser campeón se vuelve maestro y significa salir de la pobreza, alcanzar notoriedad, y además es algo tristísimo porque cuando eres campeón ya nunca vuelves a bailar. Leila Guerriero tiene este momento en que está en el camerino con Rodolfo Alcántara, el bailarín,  y él pone en el celular una canción que siempre pone y reza, y es un momento tan íntimo, y cualquiera de nosotros habría dicho “esto es tan fuerte que no quiero verlo porque es ver desnudo a otro ser humano”, y ella está ahí viéndolo todo, escribiéndolo todo. Yo siento que ahí Leila es escritora. Ella es capaz de llegar a estas profundidades, yo prefiero acudir a la ficción.

Temporada de huracanes ha sido un libro muy exitoso, entre las listas de los mejores del año en México y reseñado por el New York Times en español. Me genera curiosidad ese salto de estar publicando en una editorial pequeña con una distribución muy limitada, que no llega a otros países, y ahora estar en el proceso de internacionalización de tu obra. Es como estar experimentando una fama literaria, que siempre es una fama relativa, pero que es una fama al fin y al cabo. ¿Cómo lidias con eso, sobre todo cuando la fama no facilita el trabajo ni garantiza el éxito de tu siguiente libro?

Hace poco un colega periodista me vio firmar libros y me dijo: “Oye, ya te reconocen en la calle”. Y yo le digo: “Soy escritora, no periodista, cabrón”. O sea,  eso no va a pasar nunca. El éxito de un escritor siempre es muy limitado, sobre todo de un escritor literario y sobre todo de un escritor que toca temas rudos, que no escribe libros para todo el mundo, que no piensa tanto en términos de productos sino de obras. Qué soberbio suena eso. Pero en realidad a mí me interesa mucho que cada libro que yo he publicado sea lo mejor que yo pude haber hecho, lo más parecido a la idea que yo tengo de lo que puede ser la novela que yo puedo escribir. Nunca es la novela que tú quieres escribir, siempre tienes una impresión de lo que quieres ocasionar al lector y a veces logras acercarte, pero siempre es algo platónico.

Yo siento que funciono mejor con el fracaso. El fracaso saca lo mejor de mí. Ya sabes: concursar y no ganar un premio, o concursar para una beca literaria y no ganarla. Eso te hace sacar la casta. Te hace decir: “Ok, no gané, pero yo sé que puedo. Yo sé que tengo algo que contar y que sé cómo contarlo y que lo voy a lograr”. Pero a veces el éxito te da la impresión de que tienes que mantenerlo a toda costa y piensas hacer en barbaridad y media. Pienso ahora: mi novela está siendo traducida a siete idiomas y digo: “¿Lo próximo que escribiré también? ¿O más? ¿O no le va a gustar a nadie?” Pero tú no puedes pensar eso al escribir porque te volverías loco.

¿Y tienes miedo?

No. ¿Sabes qué pienso? Que necesito silencio, lo que no me dan las ferias, la promoción ni los viajes. Necesito silencio para enamorarme del siguiente proyecto que quiero hacer.

¿Por silencio a qué te refieres?

Aislamiento. Bajarle a las redes sociales, dejar de acudir a cosas de escritores, ponerme a trabajar. Todo eso. En realidad no me siento tan presionada porque a pesar de que escribir ficción siempre es una suerte de exponerte y de desnudarte, y hay este elemento de incomodidad y de miedo; a pesar de todo, yo disfruto muchísimo al escribir y eso es algo que siempre me ha salvado. Y sé que si yo lo disfruto, va a ser algo que va a valer la pena. El éxito no es que un libro venda mucho ni que sea traducido a muchos idiomas, sino que esa novela que tú escribes se parezca a lo que soñaste que iba a ser. Eso es un libro exitoso.

Periodista y todero en @Lanoficcion. Vive entre Lima y Bogotá.

Deja un comentario