Skip to content

Cartagena Federal: un podcast sobre la Cartagena de los cartageneros

Un podcast producido por cartageneros quiere desafiar los lugares comunes que existen sobre su ciudad.

 

Un podcast producido por cartageneros quiere desafiar los lugares comunes que existen sobre su ciudad.

Por: José Cortina*

Pedro y Sebastián estaban viendo contenidos en Youtube para matar el tiempo muerto de las vacaciones de diciembre. De repente, el ocio alumbró una idea:

–  Men, hagamos un podcast –propuso animado Pedro.

– ¿De qué? –contestó Sebastián.

– No, pues… de Cartagena.

– Ajá y ¿cómo?

–Pues, imagínate como This American Life, pero en Cartagena.

A finales de 2015, este par de cartageneros creyeron que podían emular un podcast americano del cual eran afiebrados oyentes. Tenían más ganas que experiencia, pero en el peor de los casos, pensaron, podían tratar de convertir en crónicas sonoras las historias cotidianas de los cartageneros. Le llamaron Cartagena Federal.

Pedro Espinosa y Sebastián Duque idearon un show en audio que narrara la ciudad a través de las anécdotas de los cartageneros del común, un artefacto narrativo que desafiara la visión dulcificada que los paquetes turísticos imponen sobre Cartagena. El podcast se convirtió de esa forma en la válvula de escape de los ruidos y los olores de la ciudad que se encuentra más allá de las murallas y sus balcones coloridos.

*

Nos dimos cita un miércoles en la tarde-noche para hablar, por internet, sobre Cartagena Federal. Sebastián dio inicio a la conversación con varios bostezos para desprenderse quizás de una extendida siesta vespertina. Pedro no apareció aquejado por un mal de estómago. La entrevista tendría que iniciar sin él. Ser primos, pero sobre todo haber crecido juntos, le daba licencia a Sebastián para hablar en nombre de los dos.

Pedro vivió en el Pie de la Popa, Sebastián en Blas de Leso, dos barrios de Cartagena que les dieron lo suficiente para saber que la ciudad era algo más que cocoteros y pescado. Pero han vivido toda su adultez temprana a cientos de kilómetros de sus casas. Pedro se hizo realizador de cine en la Universidad Nacional de Colombia y Sebastián estudió periodismo en la Universidad Externado en Bogotá. Casi un año después de que surgiera la idea de emular el podcast This american life –y luego de rechazar por tonta la idea de bautizar el experimento como Esta vida cartagenera—, echaron a rodar los episodios pilotos del proyecto: historias de Cartagena que anidan lejos del paraíso de playa y coctel que promocionan por televisión. De hecho, la brecha que separa la Cartagena del Reinado Nacional de Belleza y la de Bazurto, el mercado popular de abarrotes, fue el discurso de entrada del podcast: el contraste entre la ciudad que viven los cartageneros y la que gozan sus visitantes.. Cartagena Federal cuenta con 3 volúmenes, el último con 11 episodios y los dos primeros con 5 entregas cada uno. El trabajo de reportería, como es apenas lógico, se hizo en Cartagena, pero la edición y el montaje de los episodios se hicieron en Bogotá. Desde el comienzo tuvieron una noción de los temas que querían abordar –el sudor, la bandeja de pescado, el béisbol–, pero debían encontrar las historias. Con una mezcla de ojo periodístico y golpe de suerte fueron hallando pequeñas tramas en las calles de la ciudad. No se trataba de hallar el tesoro de una gran historia reporteable. Bastaba con dejar hablar a los cartageneros.

“Hacer un podcast sobre Cartagena es pegarse un tiro en el pie”, dice Sebastián. La metáfora de la automutilación recrea bien los riesgos de un proyecto con todos los pronósticos en contra: sus mismos creadores lo consideraban inviable. Pero la primera temporada destrozó cualquier augurio adverso. El boca a boca y la circulación en redes sociales aumentaron los oyentes en un número que sobrepasó las estimaciones más optimistas (la mayor apuesta era por doscientos escuchas: al final alcanzaron más de dos mil).

Hacía falta narrar la Cartagena de los cartageneros por un medio entretenido que no exigiese más que la disposición para escuchar relatos contados con el mismo golpe de acento con el que los cartageneros ponen una palabra detrás de otra. Cartagena Federal llenó ese vacío y lo rebosó. Según Sebastián, el proyecto no rindió utilidades, pero les dejó a sus creadores la dicha de haber bateado un vuelacercas al primer lanzamiento.

Con el correr de los episodios, tres personas se sumaron al equipo. Un caleño que vivió en Cartagena desde muy pequeño, un bogotano criado en Medellín y un cachaco más nacido y criado en Bogotá. El primero, Elkin Oliveros, ingeniero de sonido. El segundo, Felipe Torres, hizo las veces de consultor creativo. El tercero, el productor, Michael Morales. Un grupo de amigos desinteresados que sudaron la camiseta de Cartagena Federal: no les daría para comer, pero sí una experiencia para luego capitalizarla, intentando promocionarse como hacedores de podcast. Esa era la idea. Aún hoy, al cabo de la tercera temporada, están a la espera del primer cliente.

*

El día en que llovieron peñones, el último episodio de la primera temporada, le rinde homenaje a la exageración y la fantasía que alimenta los relatos en el Caribe. Peñón es sinónimo de una gran mentira y los narradores fantasiosos de antología se conocen en Cartagena como peñoneros. Uno de ellos, un señor de 57 años, Sigifredo, cuenta la historia de un gallo fino que además de las espuelas naturales, tenía dos cachos. Invencible en el redondel, nunca necesitó las espuelas postizas de carey, propias de los gallos de peleas. Los cachos los usaba con total consciencia de su ventaja para derrotar a cualquier gallo que osara retarlo. En la gallera lo apodaron ‘el gallo-toro’. La historia resulta difícil de creer, pero de eso se trata el episodio: de cómo en Cartagena la ficción se confunde con la realidad.

– Necesitamos un gallo con cachos –le dijo Sebastián a un amigo suyo, dibujante por vocación.

– ¿Cómo quieres los cachos? –preguntó su amigo, sin más dudas.

– Diabólicos –soltó Sebastián.

El dibujo acabó dándole vida al ícono de Cartagena Federal: el gallo-toro.

logocartagenafederal

*

Durante la segunda temporada, Cartagena Federal continuó persiguiendo aquellos lugares de la ciudad a los que el turista no alcanza a llegar. El primer episodio del nuevo volumen, Historias  universales del cartagenero común, nos lleva a un barrio estandarte de la Cartagena popular: San Francisco. En El agua que nos rodea, San Francisco se convierte en tierra vedada cada vez que llueve: un ‘pandillero desmovilizado’ cuenta que en el barrio las nubes oscuras decretan un toque de queda que sólo los más guapos se atreven a desafiar:

– Ven acá, a nosotros nos han dicho siempre que las pelean se arman es cuando hay lluvia –le comenta Pedro a su entrevistado.

– Ah po’que a esa hora los policías están recogí’os –anota Migue, el expandillero.

– ¿Por la lluvia? –se cerciora Pedro.

– Los policías están recogí’os, po’que no se quieren moja’ –enfatiza Migue, encontrándole gracia al miedo gatuno de los policías al agua. Las pandillas saben que durante la lluvia la policía se demora o nunca llega.

A diferencia de una ciudad fría en la que la lluvia hiela el cuerpo, el agua cuando cae sobre  Cartagena es siempre un aliciente, pero sobre todo un motivo, un motivo para divertirse y jugar con los cuerpos empapados: un baño colectivo en el que niños, adolescentes y adultos sin trabajo participan de un partido de futbol, corren y se embarran hasta que escampe. En San Francisco, además, parece ser motivo de peleas entre pandillas.

*

“En el mar la vida es más sabrosa…/en el mar todo es felicidad”, escribió Osvaldo Farrés, el prolijo compositor cubano de boleros. Cartagena Federal quiso poner a prueba esos versos: ¿Es feliz todo aquel que habita frente al mar? En el episodio En algún lugar del Caribe se escuchan voces críticas y complacientes de cartageneros y foráneos, definiciones dispares sobre lo que significa ser feliz en Cartagena encuentran su espacio. Una voz especial cierra la crónica: un habitante de calle, un paisa, alguien que –presume uno– debe saber mucho sobre la infelicidad. Es un día frío en Cartagena, tiene ganas de llover, y él ya quiere ir a acurrucarse entre los dos pedazos de cartón que son toda su cama.

– ¿Cómo en la calle tú eres feliz? –pregunta con extrañeza Pedro.

– Por la libertad con la que se vive en la calle –se escucha al paisa—.  Yo le doy gracias a Dios todos los días por lo bueno y por lo malo, sea lleno o con el estómago vacío. ¿La infelicidad? Es no tener que comer y de pronto sentirme enfermo, que me duela algo, esa es la infelicidad.

– ¿Cómo terminaste acá en Cartagena?

– Andando la calle, en mula, pirateando, hace un año, terminé en Cartagena, pero estoy aburrido ya por acá, vea la cama ahí, vea, tengo dos cartonsitos ahí y voy es acostarme a dormir porque tiene ganas de llover, ¿me entendés? Tiene ganas de llover y hace mucho frío hoy. Cuando pagué seis años de prisión, esos seis años nunca fui feliz ¿por qué? Porque estaba encerrao’, parecía una gallina, encerrao’ en un gallinero, esos seis años no fui feliz, por cosas mal hechas, por andar por ahí chimbeando con cosas malas, revolver, pistolas, así, drogas y hoy me siento feliz por eso, porque estoy libre y le doy gracias a Dios, la libertad gracias a Dios. No le tengo miedo a la cárcel, le tengo respeto porque la cárcel es de respeto, no de miedo, hacer lo que uno quiera, sentirse libre de moverse pa’ donde usted quiera, sin tener que… ah que tengo que llegar temprano, que tengo que llegar a tal hora, que yo no sé qué, nada. Gracias a Dios hambre no, porque vea hay momentos, la situación, en los que sí aguanta uno, pero usted sabe que mi diosito no desampara a nadie, hijo bueno no se muere boca abajo, ¿sí sabe?

La felicidad, aun frente al mar, es propiedad privada de cada quien.

*

Sebastián, con una franqueza pasmosa, se confiesa por los dos: Pedro y él no son “los pelaos más cartageneros del mundo”, y a renglón seguido explica que ninguno de ellos encaja en la noción de “un cartagenero tradicional”. Pero entonces, ¿cómo pudieron contar esa Cartagena, la del mototaxi, la del sparry[1], la del vendedor de raspao’? Se trataba, en últimas -comenta-, de narrar la ciudad que ellos recordaban haber vivido, sin pretender que su visión fuese la única verdadera, ni siquiera la más cartagenera de todas. Era su mirada sobre Cartagena.

Una forma de ver las cosas cartageneras que en el tercer volumen comenzó a languidecer: se descubrieron reiterando algunos temas y el miedo a repetirse los llevó a desistir de una cuarta temporada. Aunque la puerta no ha sido cerrada del todo, el ingenio para relatar la ciudad parece haberlos abandonado de momento. La pregunta pendiente es si habrá algún otro podcast que asuma la labor de contar la ciudad más allá de las murallas. “Mucha gente la verá distinta y esperamos que esa gente que siente Cartagena de una u otra manera, pues la cuente”, dice Sebastián.

Espero lo mismo, pero por otras razones. No recuerdo cómo llegué a Cartagena Federal. Supongo que fueron las redes sociales las que trajeron hasta mí un podcast del que quedé prendido con solo escuchar un episodio. Tal vez mi condición de cartagenero exiliado en una ciudad que me cuesta reconocer como propia, me hizo un seguidor entusiasta del podcast. Llevo un poco más de tres años viviendo en Bogotá, aguantando las rarezas de una ciudad fría y gris. El podcast ha sido el remedio para aliviar la sensación de extrañeza. Cada episodio es un pasabordo para viajar al lugar donde crecí. Ya no estoy a una hora de vuelo ni a 24 horas por tierra. Cartagena Federal es la ruta más rápida: estoy a solo un episodio de Cartagena.

*José Cortina es abogado y aficionado a la filosofía, pero ante todo cartagenero. Vive en Bogotá.

[1] El sparry es aquel que hace labores parecidas a las de una azafata en un avión, pero en una buseta de servicio público en Cartagena. Además de cobrar el pasaje, vocean la ruta, recogen pasajeros, le avisan al conductor cuándo debe detenerse o arrancar, imponen orden en la buseta cuando va atestada de gente.

Categorías

Reseñas

Etiquetas

,

Deja un comentario