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El espía ruso reclutado en Bogotá

El nuevo libro del periodista Alberto Donadío cuenta la historia de Alexander Ogorodnik, un contraespía ruso que fue reclutado por la CIA en Bogotá.

El nuevo libro del periodista Alberto Donadío cuenta la historia de Alexander Ogorodnik, un contraespía ruso que fue reclutado por la CIA en Bogotá.

Debe haber algo atávico en la pasión del periodista Alberto Donadío Copello por escarbar en el pasado. Algún código genético proveniente del sur de Italia, la tierra de sus ancestros, que explica la fascinación suya y de sus familiares por rescatar ciertas cosas que el paso del tiempo fue dejando abandonadas en la cuneta. Su hermano Mario, por ejemplo, es músico y desde hace años está enfrascado en una peculiar batalla contra el olvido.  En un pequeño taller en Medellín fabrica clavicémbalos, un instrumento barroco que cayó en desuso a finales del siglo XVIII y que sólo sobrevive gracias a las tercas manos de estetas como él. Su primo Gerardo Reyes Copello, periodista investigativo como Alberto, dice también ser presa de esa misma pulsión exhumatoria, que en su caso se manifiesta en un interés por rescatar episodios que están perdidos en los pliegues de la historia. En 2015 publicó un libro sobre el primer secuestro de un avión comercial en Estados Unidos, una tragedia ignorada que hasta hace poco ni siquiera constaba en el listado de actos terroristas del Departamento de Estado.

Exista o no una explicación genética a esa vocación familiar, nadie disputaría que quien más lejos la ha llevado ha sido Alberto Donadío. Como reportero investigativo se ha especializado en un rubro extraño, con muy poca competencia a nivel local: el de buscar la noticia extraordinaria y el dato revelador en los archivos históricos. En compañía de su pareja, la periodista Silvia Galvis, se dedicaron durante más de diez años a explorar el Archivo Nacional de Washington, el edificio en la Constitution Avenue en el cual se almacenan los billones de documentos de las oficinas del gobierno federal estadounidense y cuyo acceso queda al alcance de cualquiera después de varias décadas. En las vastas colecciones diplomáticas de aquel lugar los dos encontraron un material formidable para sus investigaciones, logrando incluso reconstruir capítulos inéditos de nuestra historia con base en los informes y la correspondencia de la embajada y los consulados  estadounidenses  en Colombia.  Producto de aquellos trabajos de arqueología documental salieron títulos memorables como Colombia Nazi, El Jefe Supremo La guerra con el Perú. 

En Historia secreta de un espía ruso en Bogotá, su obra más reciente, Donadío vuelve a utilizar el pasado como fuente de chivas periodísticas. Allí da cuenta de los pasos de Alexsandr Ogorodnik, un espía ruso que trabajó al servicio de la CIA en la década de los setenta. Ogorodnik llegó a tener cierta importancia estratégica durante la Guerra Fría. Entre 1974 y 1977 fue el único agente ruso trabajando para los gringos en Moscú.  De acuerdo con James Olson, exjefe de contrainteligencia de la CIA, la información que Ogorodonik les proveía llegaba a los escritorios del propio Secretario de Estado, Henry Kissinger. Sin embargo, su relación con el servicio de espionaje estadounidense terminó en tragedia. En el verano de 1977, la inteligencia soviética lo capturó en su apartamento en Moscú y lo condujo hasta los calabozos de Lubyanka, el cuartel general de la KGB. Con su suerte echada, Ogorodnik consumió una cápsula de cianuro que llevaba siempre consigo, insertada en su bolígrafo.

el espía ruso reclutado en bogotá 15 de diciembre
Alexsandr Ogorodnik llegó a Colombia en 1971 como funcionario de la embajada soviética. En un baño turco del hotel Hilton aceptó trabajar como espía para la CIA. Foto: semana.com

Lo asombroso es que aquella historia de espionaje internacional, en apariencia tan lejana a las costas colombianas, se había gestado en la  sabana de Bogotá. Ogorodnik había llegado a Colombia a comienzos en 1971 como funcionario de la embajada soviética. Aunque nominalmente tenía el cargo de tercer secretario, llevaba a cabo en paralelo tareas de espionaje para la KGB. La estación de la CIA en la ciudad, que tenía intervenidos los teléfonos de la embajada soviética, descubrió que Ogorodnik mantenía una relación extramatrimonial con una mujer española llamada Pilar Suárez Barcala. Aquel romance, proscrito según los reglamentos de la diplomacia soviética, revelaba una flaqueza a ojos de los norteamericanos y lo convertía en una presa vulnerable para el reclutamiento. Por intermedio de Pilar, se convino un encuentro entre Ogorodnik y un funcionario de la embajada estadounidense en un baño turco del hotel Hilton. Ogorodnik habló allí de su desencanto frente al comunismo y del odio que le profesaba a la KGB. Vestido solo con una toalla, aceptó cambiarse de bando. Desde Estados Unidos viajó un agente de la CIA para encargarse de su adiestramiento. Ogorodnik, en cuestión de semanas, aprendió las técnicas de escritura secreta, se familiarizó con los procedimientos de recogida de paquetes en escondites y sobre cómo emplear una cámara fotográfica miniatura adherida a un estilógrafo. Luego de algunos años en Colombia, el contraespía converso regresó a Moscú.

En este caso no fue ningún archivo foráneo el que lo puso tras la pista del vínculo de Ogorodnik con Colombia. Fue un libro del periodista estadounidense David E. Hoffman titulado The Billion Dollar Spy. Hoffman, ganador del premio Pulitzer, se centra en la historia de Adolf Tolkachev, otro espía ruso que le suministraba información a la CIA. Sin embargo, en algún punto hace una breve alusión a Ogorodnik y a las circunstancias en las cuales se dio su reclutamiento. Cualquier otro lector colombiano, posiblemente, habría pasado por alto ese dato o lo habría tomado como una simple curiosidad histórica. Pero para un periodista investigativo como Donadío, que siempre ha encontrado en el pasado una veta estupenda para abastecerse de buenas historias, el saber de un agente doble que había trabajado y tenido amoríos en  Colombia marcaría el punto de partida de un nuevo trabajo.

Durante más de un año siguió el rastro del ruso. Encontró un libro escrito por Martha Peterson, una espía de la CIA que había sido la case officer de Ogorodnik en Moscú y quien tuvo bajo su cargo la tarea de recibir y entregarle la información. A raíz del libro, Donadío descubrió nuevos detalles sobre el ruso. En algún momento, también se planteó la posibilidad que del affaire que éste había mantenido en Bogotá con la mujer española hubiera quedado algún hijo. Buscó en google y nada. En España, sin embargo, una amiga le ayudó a rastrear en los directorios telefónicos referencias a los dos apellidos de la española. Así fue que, a comienzos del 2016, se enteró de la existencia de Alejandra Suárez Barcala, hija de  Pilar y de Ogorodnik.

espía ruso

Alejandra, quien es bióloga y vive en Islas Canarias, no conocía a fondo la historia de su padre. De niña,  su madre le había contado unas cuantas generalidades: que había sido un diplomático soviético que conoció en Bogotá. Lo catalogaba como el gran amor de su vida y decía que era inteligentísimo, pero no le ofrecía mayores detalles. Lo llamaba Alejandro, a secas, sin apellido.

La perseverancia de Donadío para seguirle los pasos al espía ruso se vio retribuida con una serie de hallazgos sorprendentes.

Tan pronto supo de la existencia de la hija de Ogorodnik, Donadío estableció contacto con ella. Gracias a eso, Alejandra en compañía del periodista colombiano ha venido descubriendo durante los últimos meses quién fue en realidad su padre y la participación que éste tuvo en la Guerra Fría. Muchos datos biográficos de Ogorodnik salieron a relucir en una visita que Donadío hizo a Tenerife en febrero de 2017. Había viajado para encontrarse con Alejandra. Pero estando allí, y por una cuestión azarosa, terminó también inspeccionando la casa en la que vivió Pilar Suárez Barcala hasta antes de ser internada en un hogar geriátrico de la isla. Pilar sufría de Alzheimer y por ende, cuando Donadío la visitó, fue incapaz de evocar un recuerdo preciso sobre su romance con el espía. Sin embargo, el periodista  pudo compensarla su desmemoria con una inusual sobredocumentación de su propia vida que Pilar mantenía en su apartamento en Canarias. Además de evidencias de otros amoríos que tuvo en Colombia con altos funcionarios del Estado e importantes escritores como Jorge Zalamea Borda, Donadío tuvo acceso a fotos de Ogorodnik en el país, cartas cruzadas entre Pilar y el espía,  y hojas de diarios que daban cuenta del amor de Pilar por Ogorodnik, tan profundo como imposible. También en esa inspección fortuita, el periodista descubrió el manuscrito de la autiobiografía inédita de Ogorodnik, que Pilar tenía la misión de publicar en Occidente en caso de que a él le ocurriese algo. Son casi doscientas páginas escritas en español, lo que sugiere –según Donadío– que las pudo dejar listas antes de partir desde Bogotá hacia Moscú. En ellas, Ogorodnik detalla sus orígenes familiares, narra su paulatino proceso de desencanto frente al comunismo, su paso por Cuba, su reclutamiento por parte de la KGB y su posterior misión en Colombia.

Los detalles de la vida de Ogorodnik y los amoríos de Pilar Suárez están contados de manera magistral en Historia secreta de un espía ruso en Bogotá, un libro vibrante y revelador que se lee como una novela de espionaje. Con su nueva investigación periodística, Donadío prueba una vez más que el pasado y la historia es un territorio inagotable, capaz de sorprender y conmover como la mejor de las ficciones.

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