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Memorias de una estafa

Acaban de conmemorarse cinco años de la caída de Interbolsa. Un documental revive el drama de sus víctimas.

Acaban de conmemorarse cinco años de la caída de Interbolsa. Un documental revive el drama de sus víctimas.

 

Cuando Interbolsa se vino a pique en noviembre de 2012, el Procurador General de entonces se apuró a catalogarla como una “típica pirámide de estrato seis”. Hubo también quien afirmó sin ruborizarse que los clientes de la principal comisionista de valores se habían buscado su propia desventura por apostar sus ahorros en un mercado fluctuante y de ganancias inciertas. Memorias de una estafa, el documental que acaba de salir al aire y que conmemora el quinto aniversario de la debacle, constituye el desmentido más rotundo contra aquellas dos afirmaciones. Durante más de cincuenta minutos desfila antes nosotros un elenco de personas a quienes Rodrigo Jaramillo, Juan Carlos Ortiz y compañía, les birlaron sus ahorros. Aparece –por ejemplo– Farides Contreras, una empleada doméstica que por cuenta de las operaciones especulativas de los directivos de Interbolsa se quedó sin los treinta millones que tenía previsto destinar para comprar una casa. Vemos a Marta Beatriz Mejía, una señora con discapacidad en Medellín que en un lapso de seis meses recibió dos anuncios devastadores: la pérdida de su dinero y el posterior diagnóstico de un Parkinson. “Se me derrumbó la vida”, dice. Ahí está también, delante de una cámara, María Kamila Pineda, una joven que había recibido un seguro de vida luego de la muerte de su padre y que fue conducida al matadero de Interbolsa directamente por Tomás Jaramillo, amigo de la familia.

Son personas comunes y corrientes. No eran amantes de los juegos de azar ni espíritus codiciosos seducidos por el señuelo del dinero fácil y los rendimientos desorbitantes. Son, en el peor de los casos, incautos que vieron en la bolsa de valores una buena manera de gestionar sus ahorros –pequeños, medianos, grandes– y que con lógica intachable confiaron en la compañía más prestigiosa del sector, aquella que representaba un tercio del mercado bursátil en Colombia.

Oscar Cardona, director de Memorias de una estafa, fue otra de las víctimas. Llegó a Interbolsa en 2010 por recomendación familiar. Tenía unos ahorros y decidió sacarles algunos réditos. “No quería hacer inversiones en el tema inmobiliario”, cuenta. “Quería ver otras alternativas seguras y legales dentro del mercado”. Un corredor en las oficinas de Interbolsa en Medellín le ofreció el Fondo Premium, un fondo de inversión con sede en Curazao que se promocionaba como un producto de bajo riesgo, ideal para clientes de talante conservador.

Con la intervención de la comisionista por parte del gobierno inició su viacrucis. “Yo no tenía idea qué era un repo ni cómo se podía especular con una acción”, dice. Cardona, quien es profesor de audiovisuales en la Universidad de Medellín, se vio obligado por las circunstancias a tomar un curso de emergencia en metafísica bursátil. Llegaba de trabajar y hasta entrada la madrugada leía las noticias del día sobre Interbolsa, escuchaba en diferido las entrevistas radiales. De a poco fue entendiendo en qué aguas estaba naufragando. En paralelo, rumiaba la posibilidad de darle forma audiovisual al escándalo. En un primer momento, cuenta, pensó hacer un documental sobre “el caso completo”. Pero pronto consideró que la prensa ya lo había tratado de esa forma y que más bien lo que se veía en los periódicos era una saturación de información acerca de los artífices del fraude. A modo de un contrapeso, resolvió que las víctimas debían ser el eje de su trabajo. Como las reuniones a las que asistía en Medellín y el blog en El Espectador llamado Detrás de Interbolsa sirvieron para ponerlo en contacto con otros inversionistas estafados, en 2014 empezó viajar con su cámara a las principales ciudades del país. Grabó más de sesenta horas de video. El resultado de ese recorrido es Memorias de una estafa, un trabajo que define como una “recopilación de dramas”.

Hace treinta años, cuando se desplomó el Grupo Grancolombiano luego de haber utilizado el dinero de sus ahorradores para apalancar empresas especulativas, El Espectador realizó un trabajo periodístico semejante al de Cardona. Aparte de las series de denuncias que sacó sobre el escándalo, el periódico le abrió sus páginas a los tumbados para que narraran sus historias. Ahora, con Interbolsa, medios como Semana, Dinero y El Colombiano también han hecho trabajos semejantes. Aunque no sea un ejercicio inédito el de redignificar a las víctimas de la delincuencia de cuello blanco, lo novedoso en el trabajo de Cardona es el formato que utiliza. La prensa escrita revela sus insuficiencias para transmitir en unas cuartillas el componente dramático que acompaña estas crisis. La representación textual de un quiebre emocional en el entrevistado –con expresiones como “Dice entre sollozos” o “En este punto su voz se interrumpe” – nunca conseguirán el mismo efecto que se logra cuando aquella acción sucede  delante de nuestros ojos. “En un artículo periodístico la víctima no tiene cara, o no tiene expresión”, dice Cardona. “Pero aquí estás escuchando el tono de voz, estás viendo la expresión de sus ojos, escuchas las pausas y los silencios”.

El gran mérito de Memorias de una estafa es que consigue con éxito reducir a escala humana el desfalco financiero más importante de los últimos años en Colombia. Quienes vean el documental lograrán asomarse a una mínima parte de la rabia y tristeza que sufrieron miles de personas por cuenta de las movidas poco ortodoxas de un puñado de banqueros. En un país rico en tragedias, es muy fácil que las crisis financieras acaben relegadas a una segunda categoría y el dolor de los tumbados parezca ante los ojos de muchos un drama de baja intensidad. Pero en este compendio hay testimonios que comprueban que el hecho de ver esfumado una significativa parte de su patrimonio puede resultar tan devastador como la peor de las calamidades.

En Memorias de una estafa se echa de menos, sin embargo, una reconstrucción del contexto de todo el caso Interbolsa. Lejos de ahuyentar al público ajeno a los hechos, una sutil explicación de las operaciones que ocasionaron la debacle habría servido para llegar a un espectro mucho más amplio que el lote de los damnificados y concernidos. Creo también que hizo falta un arco narrativo más claro, pero sobre esto supongo que Cardona prefirió la acumulación de voces sobre la reconstrucción detallada de un único caso. Pese a ello, Memorias de una estafa es un loable trabajo periodístico, bien ensamblado aunque con recursos muy limitados, que sobre todo cumple el propósito de dejar registro histórico del escándalo.

Cuenta Oscar Cardona que la preparación del documental, además de haber tenido para él los efectos prácticos de un posgrado en finanzas, también le ha servido para sacudirse la desazón acumulada durante un lustro. Luego de haber colgado en Youtube su trabajo, espera cerrar un capítulo amargo en su vida. Aunque gracias a los procesos de liquidación logró recuperar el 100% del capital de su inversión, siente que el Estado no los ha reparado en debida forma y que los perpetradores del robo siguen orondos,  creyendo que todo se redujo a un negocio que les salió mal. Espera, eso sí, que Memorias de una estafa sirva como una bandera roja para evitar que otros eventos como este sucedan en el futuro. “Para las personas que dicen que esto es un refrito –dice–, que ya paremos con el tema de Interbolsa, les digo que eso lo que hace es que sigamos repitiendo la historia”.

El documental pueden encontrarlo aquí. 

Periodista y todero en @Lanoficcion. Vive entre Lima y Bogotá.

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