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La mujer que hizo grande al Washington Post

Dos libros de memorias sirven como antesala al estreno de The Post, la película de Steven Spielberg que revive el escándalo de Los papeles del Pentágono

En The Post, la película de Steven Spielberg, es la primera vez que Meryl Streep y Tom Hanks actúan juntos. “No pasé la audición de Mamma Mia”, bromeó hace unos meses Hanks, frente a un auditorio que se preguntaba por qué Hollywood había tardado tanto tiempo en alinearlo al lado de Streep. Pero la confluencia inédita en la pantalla grande de estos dos actores –dos auténticas leyendas que suman entre ellas cinco premios Oscar y veinticinco nominaciones– no es el único elemento que convierte a The Post en uno de los eventos cinematográficos más esperados de la temporada. La realidad actual de Estados Unidos también parece haberse ordenado para que esta película luzca tan necesaria como urgente. Es maravilloso cuando una trama recreada en el pasado se convierte en una réplica casi exacta de los tiempos que corren, cuando el cine y la coyuntura se engranan como dos piñones de un mismo mecanismo. Ese parece ser el caso de la nueva entrega del director de E.T y Munich. A algunos críticos que asistieron al preestreno les fue imposible no ver en ésta un reflejo de este presente marcado por los problemas de sexismo en los entornos laborales; un presente en el que el periodismo independiente ha adquirido renovado brillo, elevándose como un faro moral entre el fango de la era Trump. La pertinencia de su trama  fue lo que llevó a Spielberg a interrumpir otros proyectos ya en marcha y aventurarse a rodar esta película en tiempo récord. Impresionado por los grandes paralelismos entre el guion y la coyuntura estadounidense actual, decidió que The Post solo tenía sentido si se estrenaba en 2017.
Aunque la película todavía no se ha estrenado, las memorias de Ben Bradlee y Katharine Graham, editor y propietaria del Washington Post, respectivamente, permiten conocer con gran detalle la historia que ahora se traslada a la pantalla grande. La película revive los días angustiosos de junio de 1971 en los que el Washington Post buscó y tuvo acceso a la filtración de Los papeles del Pentágono, un informe ultrasecreto que dejaba al descubierto la manera sistemática en la cual sucesivos gobiernos estadounidenses –Eisenhower, Kennedy, Johnson— habían ocultado la realidad sobre el curso de la Guerra de Vietnam. El New York Times había obtenido la primicia mundial y por varios días sus rivales no tuvieron más opción que rodar a su cola,  limitarse a reproducir las revelaciones que este publicaba primero. El aguerrido editor del Post, Ben Bradlee, odiaba estar en esa posición. No había nada que le causara mayor deshonra que tener que hacerle eco a las chivas periodísticas ajenas. “Estábamos en la posición humillante de reescribir lo que decía la competencia –escribe Bradlee en sus memorias—. Cualquier párrafo de un artículo nuestro debía incluir alguna expresión como ‘de acuerdo con el New York Times’, sangre –solo visible para nosotros— en cada palabra”.
“Estábamos en la posición humillante de reescribir lo que decía la competencia –escribe Bradlee en sus memorias—. Cualquier párrafo de un artículo nuestro debía incluir alguna expresión como ‘de acuerdo con el New York Times’
El gobierno Nixon, sin embargo, hizo una serie de movidas que de carambola le permitieron al periódico de Bradlee disputarle al Times su hegemonía en el escándalo. Ni bien este inició su serie sobre Los papeles del Pentágono, Nixon, por medio del Departamento de Justicia, desplegó una dura ofensiva legal con el fin de interrumpirla.Con el manido argumento de la seguridad nacional, consiguió que el 15 de junio una corte frenara las rotativas del periódico neoyorquino, mientras se resolvía de fondo el caso. Fue la primera vez que una decisión judicial imponía un control previo sobre un contenido periodístico en Estados Unidos.
Un día después del revés judicial, el 16 de junio, el Post logró al fin hacerse con una copia de los documentos clasificados. El periodista Ben Bagdikian, jefe de información nacional, viajó hasta Boston para recibir el material, compuesto por más de cuatro mil folios. La película muestra una escena que es completamente verídica: Bagdikian volando de regreso a Washington y en el asiento del lado, guardados dentro una caja de cartón, la pila de documentos.
A partir de ese momento la investigación adoptó un ritmo frenético. La biblioteca de la casa de Bradlee, ubicada en el exclusivo barrio de Georgetown, se convirtió en una sede satélite del Post. Allí, mientras un grupo de reporteros se encargaba de espulgar el informe ultrasecreto, el equipo legal del periódico sopesaba en un cuarto separado las implicaciones legales que acarrearía su publicación. La temeridad y el ímpetu periodísticos podían resultar muy costosos en esas circunstancias, habiendo de por medio una serie de documentos con la rúbrica “top secret” y un gobierno furioso que amenazaba con levantar cargos criminales por espionaje contra los periodistas implicados en la divulgación. ¿Publicar o no publicar? Ese era el dilema. Los abogados del Post eran partidarios de no hacerlo. Según ellos, reproducir una información ultrasecreta, a sabiendas de que su divulgación había sido calificada por los jueces como potencialmente riesgosa para la seguridad nacional, podría abrir el camino para la judicialización de la plana mayor del periódico. Aconsejaban, por ende, meter el informe en el congelador, por lo menos hasta que se resolviese de fondo el pleito contra el Times.
Razones de conveniencia, además de las legales, también desalentaban la publicación de Los papeles del Pentágono. El mismo verano del estallido del escándalo, el Washington Post Company se estrenaba en la bolsa de valores con una oferta pública de acciones equivalente a 35 millones de dólares. Un eventual procesamiento criminal de sus directivos echaría a pique el precio de la acción y significaría sin más la ruina del periódico. También, temían represalias de parte del gobierno. El presidente Richard Nixon se mostraba cada vez más hostil en contra de la prensa, sobre todo con el Post. En el pasado, había cancelado su suscripción en dos ocasiones como consecuencia de informaciones o editoriales que le habían desagradado. Recientemente, el mismo verano de la divulgación de Los papeles del Pentágono, la periodista de espectáculos del Post había sido vetada por la Casa Blanca para cubrir la boda de la hija de mayor de Nixon. Ya había un progresivo deterioro en las relaciones entre el periódico y el gobierno. Sin embargo, aquellas rencillas no pasaban de ser meras pataletas, simples pretextos para cobrar alguna ofensa de bajo voltaje. Pero la divulgación de Los papeles del Pentágono sin duda agravaría  las desavenencias entre el Post y el gobierno. Y el verdadero riesgo era que Nixon se sintiera tentado a responder esta vez con actos de desquite mucho más severos, amenazando –por ejemplo– con no renovar las licencias de operación de los cuatro canales de televisión controlados por la empresa Washington Post Company.
Nixon se mostraba cada vez más hostil en contra de la prensa, sobre todo con el Post. En el pasado, había cancelado su suscripción en dos ocasiones como consecuencia de informaciones o editoriales que le habían desagradado.
La eventuales represalias que Nixon pudiera tomar, si bien preocupaban a los abogados, en nada frenaban el trabajo de los redactores del Post, que mientras tanto seguían trabajando a marchas forzadas, extrayendo del informe clasificado los aspectos más sustanciales y escandalosos. Estaba claro que no estaban dispuestos a dejarse a amedrentar por la bravuconería del presidente. Por el contrario, cuando se enteraron que la recomendación del equipo legal era darle a la publicación un compás de espera, algunos amenazaron con dimitir y salir a denunciar este caso de autocensura. Bradlee, en su fuero interno, estaba con ellos. Enterrar Los papeles del Pentágono habría sido, en su opinión, un acto de cobardía y una muestra de obsecuencia que malograría la reputación de periódico independiente que él había intentado forjar. “No publicar la información –escribe Bradlee en su memorias— una vez la tuvimos habría sido equivalente a no salvar a un hombre que se está ahogando, o no decir la verdad. No publicar sin dar la pelea constituiría una claudicación que etiquetaría al Post por siempre como una herramienta del establecimiento, cualquiera que fuese la administración”.
La decisión final, sin embargo, no dependía de él. Tampoco de los abogados ni de Fritz Beebe, el presidente de la junta directiva de la compañía, quien también se había hecho presente en la discusión y era partidario de posponer la publicación. La última palabra la tenía Katharine Graham, la propietaria del Post.
Graham había estado hasta ese momento al margen de la acción. Incapaces de ponerse de acuerdo, sin embargo, todo sabían que sería ella quien se encargaría de dirimir la disputa. En algún momento de la noche del 17 de junio, Bradlee y otras tres personas tomaron los cuatro teléfonos de la casa y la llamaron. Graham estaba en su mansión, a diez cuadras de allí, en medio de una fiesta organizada en honor de uno de los trabajadores más veteranos de la compañía. La pusieron al corriente de las diferentes posturas, de los riesgos a los que se exponía la compañía en caso de que se decidiera publicar. Graham pidió un plazo para pensarlo, pero Bradlee la disuadió advirtiéndole  que no podían perder tiempo. Le contaron también que algunos periodistas considerarían el silencio un fracaso y habían amenazado con su renuncia. Graham, dubitativa, pidió el consejo del presidente de la junta, de cuyas intuiciones y posturas solía fiarse en la mayoría de casos. Este le dijo que no consideraba conveniente publicar. Sin embargo, Graham advirtió en sus palabras cierto resquicio de duda. Por varios segundos se instaló un silencio entre las líneas telefónicas, interrumpido únicamente por la música proveniente de la casa de Graham. “Adelante, adelante. Publíquenlo”, dijo al fin.
Bradlee recuerda que arrojó el teléfono como si fuera una papa caliente. Anunció el veredicto a los periodistas que se encontraban a su lado y de las gargantas de éstos salieron vítores de emoción.
*
La decisión de Katharine Graham de publicar Los papeles del Pentágono cambió el destino del Washington Post.  Más allá de convertirlo en un rival directo del New York Times, el Post salió del escándalo transformado en un nuevo periódico. Graham había demostrado verdadero coraje al anteponer la independencia periodística a los intereses económicos de la compañía. Incluso cuando Nixon buscó amedrentarla, con supuestos cargos de traición, no dobló la rodilla. Su determinación llenó de orgullo y entusiasmo a sus periodistas y editores. Ahora tenían la seguridad de que en los momentos cruciales, cuando el compromiso del periódico con la verdad era puesto a prueba, recibirían de parte de Graham el respaldo debido. Bradlee estaba agradecido. Pocas semanas después de concluido el escándalo, le hizo saber a Graham su rotunda admiración: “Trabajar contigo es mucho más que un placer –escribió en una nota–, es una causa, un honor y un desafío lleno de compensaciones. No sé si podría sobrellevar otra situación de éstas mañana, pero es fantástico saber que todo el periódico va a afrontar la próxima con valor, dedicación y elegancia”.
Bradlee ignoraba que faltaba menos de un año para que dos incisivos periodistas de la plantilla del Post comenzaran a jalar la pita de un asalto ocurrido en el cuartel general del Comité Nacional del Partido Demócrata, ubicado en el edificio Watergate en Washington.
En este otro caso, la serie de revelaciones que comenzó a publicar el Post en portada sobre los nexos de los asaltantes con el entorno cercano al presidente, suscitó en éste una reacción mucho más brutal que la pasada. Nixon no ahorró ningún esfuerzo en su empeño de destruir el periódico de Graham. Trató de convencer a un magnate de derechas para que comprara su compañía. Instruía a sus subalternos para que ningunearan al Post y le otorgaran a sus competidores un acceso especial a las fuentes de la Casa Blanca. Los áulicos del presidente atacaban constantemente a Kay Graham, a veces mediante comentarios sexistas. El propósito era sembrar en la opinión pública la idea de que las denuncias relacionadas con el Watergate estaban motivadas por una profunda animadversión de ella contra Nixon y el Partido Republicano. La Casa Blanca llegó incluso a urdir un plan para despojar al Washington Post Company de dos canales de televisión que tenía en el estado de la Florida. Fue, en resumidas cuentas, una implacable y visceral campaña de amedrantamiento comandada por el hombre más poderoso de la tierra. Pero Graham no se arredró. De alguna manera, Los papeles del Pentágono la habían preparado para el Watergate, le habían trazado la estela que debía seguir. Y aunque nuevamente le brindó todo su apoyo a  Bradlee y a sus periodistas en la cacería de la historia, insistió mucho en la rigurosidad de la información, en la necesidad de escrutar frase a frase cada artículo para evitar que se colara cualquier inexactitud. Estaba claro que no iba a cuidarle la espalda al gobierno, pero no quería darle argumentos a Nixon para afirmar que todo era una patraña concebida por la mala fe. Por largos meses, el Post estuvo solo en la investigación del escándalo y el gobierno siguió negando de manera rotunda su participación en los hechos de la sede  del partido demócrata. Al final, por suerte, la verdad salió a la luz y Nixon se vio obligado a dimitir.
Como bien anota el periodista David Remnick en un perfil publicado en 1997 en el New Yorker, la propietaria del Post fue una mujer que en los momentos cruciales de su carrera profesional tomó las decisiones acertadas. Al darle luz verde a la publicación de Los papeles del Pentágono y al respaldar las pesquisas de Woodward y Bernstein, Graham mostró agallas y le dejó a los propietarios de los medios de comunicación de todo el mundo una lección de ética y valor periodísticos: que para un periódico el compromiso con la verdad es indeclinable y que nunca debe importar cuán gordo y colmilludo sea el pez desde que esté bien amarrado. Anota  Remnick, sin embargo, que lo más sorprendente es notar hasta qué punto aquellas dos decisiones desafiaron no sólo al presidente de Estados Unidos sino, sobre todo, la propia historia personal de Katharine Graham. Un repaso a su biografía así lo demuestra.
Graham había pertenecido desde niña a la élite política de Washington. Su niñez discurrió rodeada de sirvientes, repartiendo sus días entre una casa de campo y una casa de cuarenta habitaciones. Su padre, Eugene Meyer, había amasado una gran fortuna especulando en la bolsa. Sin embargo, pronto se reveló en él una fuerte vocación por lo público y, además de aceptar algunos puestos en el gobierno, en 1933 decidió comprar el Washington Post como una manera de poner su dinero al servicio de la ciudadanía. Aunque era republicano, Meyer se preocupó por que su periódico se mantuviera independiente, libre de interferencias partidistas. En un discurso pronunciado en 1935,  año en que el Post acumuló pérdidas por más de 1,3 millones de dólares, dijo que un periódico debería estar “dispuesto a sacrificar su fortuna material, si es necesario para el bien público”.
Mientras su padre intentaba sacar al Post adelante, comprendiendo que el negocio de los medios de comunicación era diferente a cualquier otro, Kay –como la llamaban sus amigos–  encaraba sus años universitarios. Poco a poco, comenzaba a manifestarse en ella una actitud ambigua frente al lujo y el poder, o lo que ella  misma llama “las fuerzas opuestas que tiraban de mi vida”. De una parte, disfrutaba de su vida palaciega y parecía poco dispuesta a renunciar a las ventajas derivadas de ésta. De otra parte, sin embargo, escarceaba con algunas ideas socialistas, se acercó al movimiento sindical e incluso llegó a participar en la organización de algunas huelgas nacionales. En un mismo día, Graham podía abandonar una protesta para asistir a una cena en un restaurante pretencioso.
En el verano de 1940 Kay contrajo matrimonio con Phil Graham, un brillante abogado de Harvard dos años mayor que ella. Pese a su currículo universitario, Phil tenía una extracción humilde, hijo de un padre granjero de la Florida. Sin embargo, la brecha económica existente entre las dos familias éste logró suplirla a base de encanto y carisma. Los Meyer lo acogieron en su seno sin reservas. Cuando a Eugene le llegó el momento de pensar en su sucesor, a comienzos de los cuarenta, depositó todas sus expectativas en su yerno. Con 31 años, Phil fue nombrado como editor del Washington Post. No tenía ninguna experiencia en los medios, más allá de haber hecho parte del Harvard Law Review. Su esposa, por el contrario, había ejercido como reportera y contemplaba una vida dedicada al periodismo. A pesar de eso, Kay no resintió el hecho de no haber sido tenida en cuenta por su padre para ejercer un puesto de mando en la empresa familiar. Tampoco tomó a mal cuando éste se aseguró de que su yerno se quedara con más acciones del Post que su propia hija pues consideraba que ningún hombre debía “encontrarse en la situación de tener que trabajar para su esposa”. Era una mujer insegura y, como le había confesado alguna vez en una carta a su hermana, dudaba de su “capacidad de acarrear un peso como el del Washington Post”.
En los 40’s y 50’s, Phil lideró la expansión del Post y lo transformó en un solvente conglomerado de medios. A diferencia de su suegro, que se había dedicado a enjugar las pérdidas con dinero de su bolsillo, él logró que la empresa subsistiera como algo más que un mero capricho filantrópico.  Realizó grandes adquisiciones, entre estas los canales de televisión cuyas licencias serían luego amenazadas por el presidente Nixon. Phil profesaba, sin embargo, una visión demasiado instrumental del periodismo. Le gustaba utilizar la influencia del Post para resolverle problemas prácticos a la gente y valerse de éste para apuntalar su influencia en los mentideros políticos de Washington. Bajo su mando, se rompió la neutralidad editorial que Meyer había aplicado con celo durante las campañas electorales. Phil  impulsó abiertamente la candidatura de Eisenhower y llegó a vetar algunas caricaturas que lo ridiculizaban.  Más tarde, traspasó por completo la barrera divisoria entre las redacciones y los directorios políticos cuando cultivó una cercana amistad con Lyndon Johnson, de quien llegó a convertirse en una especie de consejero ad honorem y escritor fantasma de sus discursos. Decir que Phil Graham fue un verdadero hacedor de presidentes no es un mero juego retórico: fue él quien convenció a John F. Kennedy de que nombrara a Johnson como su fórmula vicepresidencial para las elecciones de 1960.
Cada empresa política en la que se embarcaba, la asumía con un ritmo frenético. Su lista de amigos poderosos se incrementaba al mismo tiempo que su influencia en Washington. Sin embargo, sus periodos de hiperactividad empezaron a estar seguidos de cuadros de profunda depresión. Las ideas sombrías invadían sus pensamientos. Atormentado, se preguntaba con insistencia si habría llegado tan lejos de no haber tenido la suerte de casarse con una mujer adinerada. Repentinos cambios de humor, crisis nerviosas, afición por el alcohol e infidelidades: aquella mezcla formó un cóctel explosivo que acabó con la vida de Phil de manera trágica. El 3 de agosto de 1963, Kay Graham intentaba echar la siesta cuando escuchó el ruido de un disparo dentro su casa.
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Kay y Phil Graham.
Kay se vio de repente obligada a recomponer los destrozos a su alrededor. Durante la mayor parte de su matrimonio, hasta antes de que se manifestaran los primeros síntomas de la enfermedad de su esposo, se había acostumbrado a una vida apacible y doméstica, centrada en sus hijos y uno que otro voluntariado. Aceptaba de buena ganar ser la “esposa de Phil” o, como ella misma escribe en sus memorias, se había resignado a ser “la cola de su cometa”. Gozaba de una buena  posición en los círculos políticos de Estados Unidos, pero creía que ésta se debía no a sus méritos personales sino al encanto de Phil. Sufría un grave problema de autoestima el cual se fue acentuado ante los repetidos desplantes que este le hacía. “Cuando engordé un poco”, escribe en sus memorias, “empezó a llamarme ‘cerdita’. Incluso me regaló un adorno en forma de cabeza de cerdo, que coloqué en el porche de la granja convencida de que era muy divertido. Otra costumbre que adoptó durante esos años fue la de mirarme, cuando estábamos con amigos y yo era la que hablaba, de una manera que me hacía pensar siempre que estaba aburriendo a la gente. Poco a poco, dejé de hablar si él estaba delante”.
Kay estaba tan enamorada que no se daba cuenta hasta qué punto su falta de confianza se explicaba por la actitud de Phil hacia ella. A raíz de su muerte, debió sobreponerse no solo al luto sino a su inseguridad crónica.
Muchos daban por descontado que en aquellas circunstancias optaría por deshacerse del periódico. Con el cadáver todavía fresco de su Phil, los buitres comenzaron a sobrevolar alrededor suyo, abrumándola con ofertas para comprar el Post. Al fin y al cabo, el mundo del periodismo seguía siendo en ese entonces un mundo habitado en su mayoría por hombres. Sin embargo, contrario a lo que preveían muchos, Kay decidió tomar las riendas de la compañía. Por primera vez una mujer llegaba a la cúspide del sector de medios en Estados Unidos.
El comienzo fue duro, una etapa de continuo aprendizaje. Delegaba muchas tareas y prefería fiarse de la opinión de personas como Fritz Beebe y Ben Bradlee. Sentía que Phil había dejado el listón muy alto y que ella era incapaz de estar a su altura. Como síntoma de su carácter apocado, al principio la mayoría de sus órdenes venían atemperadas con la expresión ‘si les parece bien’. A pesar de su situación, no era todavía muy consciente de las desventajas que afrontaban las mujeres en el mundo laboral. La condescendencia que veía en la actitud de muchos hombres hacia ella la interpretaba menos como un tópico machista que como un trato explicable por su inexperiencia. No alcanzaba a percatarse hasta qué punto el hecho de que fuera una alta ejecutiva en los medios de comunicación subvertía por completo los patrones de su época. “Ni siquiera dentro de la empresa había mujeres en puestos directivos –escribe  en su memorias—, y muy pocas profesionales: probablemente no hubiera ninguna en los cuatro niveles inferiores al mío (…). El mundo de la empresa estaba fundamentalmente cerrado a las mujeres. Durante gran parte de los años 60 viví en un mundo masculino, sin hablar con ninguna mujer en todo el día, a excepción de las secretarias, pero no era nada consciente de lo extraordinario de mi situación ni de las dificultaban que afrontaban las mujeres”.
Al final, Kay Graham triunfó. El coraje que demostró en los que fueron sin duda los dos episodios más importantes para el Post en toda la década del  setenta bastaron para afianzar su independencia editorial e inocularle un ADN propio. Hasta su muerte en 2001, ella mantuvo siempre una actitud ambivalente frente al poder. Su lista de amistades políticas nunca paró de engrosarse: Lyndon Johnson, Nancy Reagan, Robert McNamara, Henry Kissinger y muchos otros. Como escribe en sus memorias, le parecía increíble “poder codearse con gente que consideraba lejana y llena de atractivo”. En ocasiones, sus ansias de agradar la llevaban a asumir actitudes de gratuita obsecuencia. Incluso, en los momentos más feroces del escándalo de Watergate, cuando ya el gobierno había revelado su cara corrupta, Graham procuró mantener una relación cordial con algunos altos funcionarios, una actitud que luego calificó como poco digna.
Su proximidad con el poder, lejos de restarle mérito a su arrojo periodístico, permite apreciarlo en su verdadera magnitud. No hay nada de encomiable en el enemigo que se dedica con su malquerencia a hacer más profunda la división. La denuncia, cuando es hecha desde las antípodas, se vuelve en cierto punto un acto reflejo, desprovisto de dificultad. En cambio, nunca es tan claro el heroísmo que cuando resulta imprevisible, cuando implica un arranque de dignidad que no estaba en los cálculos de nadie: el soplón que arriesga el pellejo en la delación; aquel que por defender un puñado de principios traiciona el espíritu de cuerpo de su clase. Kay Graham resistió a las sucias presiones del gobierno y, al hacerlo, renunció a su tranquilidad, empeñó su fortuna y se puso en la orilla contraria de amigos queridos. Todo por defender su periódico y respaldar a sus periodistas. Parece sencillo porque era lo correcto, pero no lo es. Habría sido mucho más fácil enterrar las denuncias, ahorrarse el precio siempre oneroso de la ruptura. Pero Graham prefirió superarse a sí misma.
Con The Post se salda una deuda que Hollywood tiene con ella. En Todos los hombres del presidente, el libro en el que Woodward y Bernstein relatan sus pesquisas del Watergate, apenas hay un par de alusiones a su rol en el caso. Aquella grave omisión no fue subsanada por el director Alan J. Pakula, cuando en 1976 trasladó aquella historia a la pantalla grande.  En buena hora llega Spielberg de la mano de un elenco de lujo a rescatar el legado de Katharine Graham.  Qué oportuno, además,  que eso ocurra justo en este momento,  cuando la libertad de prensa y las mujeres son objeto de múltiples amenaza desde la cúspide del poder en Estados Unidos.

Periodista y todero en @Lanoficcion. Vive entre Lima y Bogotá.

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